A vueltas con el tiempo

21/05/2008 – Aunque parezca mentira, hubo una época en la que se jugaba al ajedrez sin relojes. El tiempo de la naturaleza gobernaba el juego. Luego aparecieron los relojes mecánicos y el ajedrez asistió a una variación del concepto de tiempo de juego y de las estrategias sobre su gestión. Incluso apareció una expresión nueva: los apuros de tiempo. Con el objeto de solucionarlo, se ha evolucionado hacia los relojes digitales. Sus infinitas posibilidades de configuración han vuelto a organizar una revolución en la forma de gestionar la cuarta dimensión (¿O quizás en ajedrez es la tercera, si consideramos el tablero plano?) Manuel López Michelone ("foto") nos ofrece algunas reflexiones sobre cual sería el control de tiempo adecuado que ponderase adecuadamente la calidad de juego y evitase los apuros de tiempo. Les invitamos a leer y opinar...

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Sobre los tiempos de reflexión en ajedrez

Por Manuel López Michelone

 

Hace años, cuando los relojes de ajedrez no eran electrónicos, sino mecánicos, los ritmos de reflexión se establecían de la siguiente manera: 40 jugadas en las primeras dos horas (o dos horas y media, por jugador). Al llegar a la jugada establecida, se daba otra hora más para las siguientes 20 (o 16) jugadas y así sucesivamente. De esta manera, por ejemplo, el campeonato del mundo -en la época de Botvinnik, se jugaba a 2 horas y media para las primeras 40 jugadas y una hora extra para las subsecuentes 16 jugadas (por jugador), aunque el ritmo más común en los torneos era de 40 jugadas en las primeras dos horas y 20 jugadas en cada hora subsiguiente. Además, las partidas podían suspenderse en un movimiento determinado (normalmente después de las 4 primeras horas) y reanudarla al día siguiente. Quien le tocaba jugar hacía su jugada en un sobre y se la entregaba al árbitro, el cual lo abría al momento de la reanudación y la partida entonces continuaba.

Con la llegada de la computadora, las partidas suspendidas se fueron eliminando de los torneos. Los programas empezaron a jugar mejor y ya los análisis eran mero producto de la fuerza bruta del software, que encontraba todo género de sutilezas que muchas veces los humanos pasan por alto. El arte de analizar partidas suspendidas cayó pues en desuso porque prácticamente se eliminó de los torneos.

Con los relojes electrónicos, un nuevo caudal de ideas en los tiempos de reflexión surgió, particularmente considerando que el ajedrez no es atractivo a los medios por la lentitud con la que se desarrollan los encuentros. Ninguna cadena televisiva va a darle a un torneo de ajedrez seis horas continuas de transmisión para ver, de vez en cuando, como los jugadores hacen sus movimientos para sumergirse una vez más en sus cavilaciones.

Fischer propuso -mucho antes de la invención del reloj de ajedrez electrónico- la posibilidad de que los relojes tuviesen incremento cada vez que el jugador hacía una jugada. De esta manera, se acabarían los espantosos apuros de tiempo cuando uno tiene que llegar a la jugada 40, por ejemplo. Así, la FIDE, bajo las consideraciones de hacer el ajedrez atractivo a los medios se inventó el siguiente ritmo de reflexión: 1:30 horas para toda la partida, con incremento de 30 segundos por jugada realizada. Así, si un jugador llegaba a la jugada 40, tenía 20 minutos extras a la hora y media, llegando a 1:50 hrs., casi las dos horas de los tiempos antiguos. Sin embargo, esta reflexión no necesariamente es correcta, porque muchas veces una partida no llega a las 40 jugadas y entonces se acorta, sin duda, el tiempo total de la partida de ajedrez.

Lo simpático de todo este asunto es que en realidad, el apuro de tiempo -el cual Fischer sugería terminar al dar incremento de tiempo por jugada- no ocurre. Al contrario, la experiencia indica que ahora un jugador puede estar en constante apuro de tiempo al momento de faltarle, por ejemplo, un par de minutos en el reloj. Cualquier jugador que haya jugado con estos ritmos modernos hallará que si está en una posición de medio juego compleja y tiene unos pocos minutos en su reloj, los 30 segundos no le servirán para salir del apuro nunca. Al contrario, estará condenado a jugar con zeitnot(*) por el resto de la partida.



¿Cuál es la solución? Quizás habría que cambiar la modalidad. Por ejemplo, ¿qué tal dar 30 minutos para toda la partida con dos minutos de incremento por jugada? Así, si se llegan a la jugada 40 tendría el jugador 80 minutos (1:20 hrs.) más los 30 minutos iniciales, prácticamente 1:50, claro, si se llega a la jugada 40. Obviamente aquí hay problemas. Alguien me decía: ¿y si la partida va por caminos muy tácticos desde el inicio de la misma? 30 minutos parece poco tiempo... Y sí, concedo, puede serlo, por lo que reflexionando en el asunto y comentándolo en el club de ajedrez se nos ocurrió que quizás una hora para toda la partida con 1:30 minutos de incremento por jugada realizada era un tiempo más razonable... Si se llega a la jugada 40, por ejemplo, el jugador tendrá una hora extra, es decir, que para 40 jugadas, aproximadamente cada jugador habrá tenido dos horas de tiempo de reflexión. Esto, creo yo, sí acabaría con el zeitnot que impone el ritmo 1:30 hrs. + 30 segundos por jugada.

(*) Éste es el término usado para marcar el apuro de tiempo en una partida de ajedrez.



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