Del pasatiempo al arte

09/07/2005 – A lo largo de texto, se desgrana la evolución del aprendizaje y el desarrollo de la pasión por el ajedrez hasta llegar a la maestría y la obra de arte. La propia evolución individual, cuando alcanza determinado grado, se convierte e inmortaliza en progreso de los conceptos del juego. En el ajedrez, lo mismo que en otras disciplinas, la evolución del juego, arte, ciencia a lo largo de la historia tiene paralelismos con las etapas de la vida ajedrecística de quienes lo practican.¿De reyes o de dioses?

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Cosmología ajedrecística

(Las fotografías pertenecen al reportaje titulado Viajando por el mundo y las épocas del ajedrez de Nadja Woisin)

Que las 64 casillas son un universo es algo que va más allá de la simple ocurrencia feliz o tópica. No se trata aquí de ver si reflejan o no la vida o el mundo, sino de reflexionar acerca de lo grande y lo pequeño, de lo sencillo y lo complejo y del entramado que lo relaciona.

Cuando aprendes el movimiento de las piezas y las reglas del juego, realmente lo único que has recibido son unos rudimentos para poder jugar a ser un dios, por encima de un mundo bicolor, de sus pobladores, de sus soberanos y de su corte. Ese universo formal es más una batalla entre todopoderosos que entre monarcas (O presidentes. Seguro que hay algún ajedrez republicano) Se trata de interacción (¿lucha, diálogo?) en un campo formal, limitado por reglas, deformado por el tiempo y cuyo resultado depende de la capacidad de los jugadores. O mejor habría que hablar de capacidades: físicas, mentales, emocionales...

De alguna manera (cada uno con su propia motivación y circunstancias), ciertas personas pasan a querer saber más. Para vencer, para entender, para disfrutar. No les basta el cálculo rudimentario o el “a ver que pasa si”. Con la lectura de libros, la ayuda de entrenadores y de programas informáticos, se van recibiendo conocimientos y herramientas más complejas. Ya no son reglas. Se trata de “sabiduría” ajedrecística. Troceada, digerida, extractada, de forma más o menos conveniente. La partida se divide en fases: apertura, mediojuego, final. El juego se disecciona en táctica y estrategia. Y de cada uno de esos campos se extraen tipos, modelos, sistemas, teorías, ejemplos (buenos y malos)...

Esos quantos de conocimiento debemos luego asimilarlos y aplicarlos a nuestras partidas. En ellas deberán tomar cuerpo en análisis, en decisiones, en jugadas concretas, matizando o compensando nuestras limitaciones para el cálculo bruto con un amplio filtro de consideraciones técnicas y personales.

La propia experiencia es también elemento fundamental de la evolución en el ajedrez. En los análisis de las partidas repasaremos las realidades, lo que pudo haber sido y no fue, nuestras previsiones sobre lo que pensaba el contrario y lo que hizo... Trataremos de extractar nuestras fortalezas y debilidades, nuestros aciertos y errores. De darles explicación. De ponerles remedio para el futuro.

Con mayor o menor esfuerzo, se puede llegar a tener cierta soltura en el cálculo y en la toma de decisiones técnicas. Pero sólo unos pocos, privilegiados y admirados, alcanzan la etapa en la que son capaces de convertir lo complejo en simple. Su juego fluye de forma tan natural y armónica que se siente obvio. Parecen haber asimilado con tal intensidad la poción mágica del druida que ya no necesitan beber más. Sólo que, en vez de sacudirles mamporros a las legiones romanas o acarrear pesadas piedras, han logrado convertir la transpiración en inspiración. Surge el arte.

¿Una expresión artística sólo para iniciados? Pues tengo mis dudas. La fascinación o la emoción que genera una partida magistral creo que es cuestión de sensibilidad, más que de conocimientos, aunque luego estos nos ayuden a captar nuevos matices. Y a veces el análisis técnico pormenorizado parece que tiende a diluir la genialidad en un montón de variantes y explicaciones. ¿Han leído alguna vez una descripción técnica de un cuadro, enumerando los grosores, capas, retoques, barnices, pigmentos...? Les aseguro que no parece lo mismo que disfrutamos en una pinacoteca.

Puede que el gran reto de la transmisión de la belleza ajedrecística esté en la forma de expresarla (diagramas, notaciones, palabras sistematizadas y tópicas) Haría falta no sólo reproducir las partidas sino poder hacerlo con el tempo con el que se crearon. El tiempo es un factor muy importante en la generación de la obra que normalmente se nos hurta, incluso con los medios informáticos disponibles en la actualidad. No se trata tanto de apreciar el lapso absoluto sino de poder captar los diferentes ritmos y pausas en las secuencias de jugadas, algo a lo que hoy por hoy sólo se tiene acceso presenciando las partidas en directo, aunque muchas veces ni las propias retransmisiones por Internet son capaces de mantener la sucesión temporal de lo que acontece sobre un tablero, sea por fallos en la señal de origen, por problemas de la frecuencia de actualización de la información u otros. Esto no quiere decir que no podamos ni debamos detenernos, avanzar o rebobinar, a la hora de disfrutar de una partida sino que, para apreciarla de forma global, para captar toda su intensidad y fuerza, hasta para analizarla convenientemente, creo que sería adecuado disponer de la escala de tiempos original y tener la opción de reproducirla según la misma o, al menos, manteniendo una proporción.

Pero volvamos al tema principal. A partir de ese momento son estos ajedrecistas los que se convierten en referentes. Además de dominar en el tablero, son capaces de hacer evolucionar los conceptos del juego y ampliar sus límites. Si les acompaña el don de la palabra, hablada o escrita, nos harán también partícipes a los demás de sus ideas, de forma diáfana.

Al analizar sus partidas, al meditar sobre sus explicaciones aparentemente sencillas, descubriremos otra vez el mundo de lo complejo y agitado que bulle debajo de la tranquila superficie de un caudaloso y profundo río.

© Fernando Morán Fernández



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