La pieza de la reina aparece en el ajedrez (segunda parte)

por Sergio Ernesto Negri
12/03/2021 – Habrá que aguardar dos siglos, desde Versus de Scachis, para que aparezcan otras referencias a la pieza de la reina en escritos europeos, y habrá que tener cierto cuidado ya que no siempre los testimonios serán incontrovertibles en cuanto a su grado de aplicabilidad al caso. En principio, hay que hablar del rabí Abraham ben Meir ibn Ezra (c. 1092-1167), un intelectual judío andalusí, nacido de Tudela (España) quien, en un poema escrito en hebreo, conforme fuentes diversas, habría usado la palabra shegel o shegal (reina) para referirse al trebejo que acompañaba al rey en el juego de ajedrez.| Imagen: ChessBase trazado de rayos

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Sin embargo hoy se sabe, con mayor certeza, que el texto en el que esa expresión efectivamente se incluye, sería posterior a la vida de ibn Ezra, más precisamente de mediados del siglo XV (cuando ya la reina tenía andadura en el continente). Y que su autor sería otro rabí, Bonsenior b. Hahya, sobre el que poco se sabe.

En ese texto se indica que la reina está a la derecha del rey y que en la movida inicial podía ir dos o tres casillas en cualquier dirección para, después, sólo poder hacerlo de una por vez.

Cuando Ezra se refiera específicamente al juego en Maadanne Melech (Delicias del rey), trabajo que fue titulado en español como El poema del ajedrez, ese que comienza con la clásica referencia “Voy a cantar un poema sobre una batalla en regla”, no habla de la pieza de la reina sino del masculino férez (pherez). Sus 73 versos son considerados, por su tono descriptivo, un auténtico reglamento ajedrecístico temprano.

Por lo que remite al ferzia oriental que es un general de la batalla. Las otras piezas que menciona el rabí son el rey (mélej), el peón (ragli), el elefante (alfil), el caballo (sus) y la torre o roque (ruj). Murray apunta que al férez se le permite la ampliación de movida en la primera jugada saltando hasta la tercera casilla, siempre conservando el color del escaque original.

Con todo Yalom insiste en que en un poema que podría ser de ibn Ezra correspondiente a una época posterior a su salida de Toledo (y habría que recordar que el rabí fue un viajero impenitente, una sinagoga famosa de Cairo lleva su nombre, la que fue adquirida con dineros de su peculio en su estadía en el sitio), se presenta a la shegel ubicándola en el juego al lado del rey. Puede ser un equívoco: hay traducciones al inglés de The Song of Chess (incluido en Songs of Exile) en donde al pherez se lo extrapola en queen (reina)

El hecho de que ibn Ezra eventualmente hubiera consignado a la pieza de la reina en el juego, merecería un estudio puntual más profundo, basado en el análisis de textos originales. En ese marco no hay que dejar de considerar la complejidad de la cuestión, atenta su vasta obra, escrita en diversas latitudes y originalmente en dos idiomas (hebreo y árabe), con traducciones a numerosas lenguas en el Medioevo, un tiempo en el que ese autor cimentó su prestigio.

Ya sin duda alguna, en cuanto a la referencia a la pieza de la reina, se puede continuar la línea de investigación yendo a Inglaterra, con el llamado Poema de Winchester, escrito no más allá del año 1150, que consta de 36 líneas escritas en latín, cuyo título original es De Shahiludio: Poema tempore Saxonum exaratum, rescatado del olvido por el orientalista Thomas Hyde (1636-1703) en el siglo XVII.

Al hablar del tema Harold Murray (1868-1955), el gran historiador del ajedrez universal, señala que en este poema se usa el término regina para la pieza original y el de ferzia (que remite al fers o al firzan árabe, es decir al consejero real) para denominar al peón coronado con la fuerza de aquella.

En el primer caso las menciones específicas, siempre en latín, son: “Regina possideat” y “Nam regina non nalebit”. Y en el segundo se consigna: “Appelletur ferzia” para apelar al nombre al que muta el peón al arribar a la octava fila y, por ende, acceder a la coronación. Este, en ese momento, logrará la movilidad de la reina: “Eius ínterin regine”. A esta se la alude también, ahora junto al rey, al presentarse la idea conjunta de dos monarcas: “Duos Tabularum Reges ponat per planitiem”.

La última expresión es una clara señal de que el tablero era, crecientemente, un espejo de la forma de gobierno de las cortes europeas en las que la soberana participaba, con mayor relevancia, a diferencia de lo que acontecía en las cortes orientales de dónde provino originalmente el juego. En Occidente el poder real era compartido, con ciertos límites desde luego, por la reina con su cónyuge.

Es interesante decir que, al comienzo de la partida, la reina se ubicaba a la derecha (“dextrum latus”) del rey (rex). En cuanto a su movilidad hay cierta ambigüedad ya que se dice que se desplaza dos casillas en diagonal, aunque pareciera que más que sostenerse que tuviera un radio de acción más amplio que el hasta el momento era conocido, en realidad lo que se quería significar era que, en la posición del comienzo, sólo tiene dos opciones (a izquierda o derecha), pero solo dando un paso, a la usanza tradicional por entonces.

Las restantes piezas se las denomina en el texto: rochus (torre); equestris o caballarius (caballos); calvus (alfil, la calvicie es señal de vejez y, por ende de la sabiduría a la que va remitiendo ese trebejo metafóricamente), y pedestris o pedes (peones).

En De Scaccis el filósofo Alexander Neckam (1157-1217), un habitante de la propia ciudad de Winchester, menciona también a la pieza de la reina. Al tratarse de un texto de divulgación incluido en su célebre De naturis rerum et in Ecclesiasten, datado hacia el año 1180, esta contemplación es particularmente importante.

Allí, además de atribuirse a Ulises la invención del juego (al que se denomina scaccorum ludo), se describen las piezas, entre las que ya aparecía la reina (reginae) y la figura de un calvo (barren) o viejo (senex), siendo ambas denominaciones previas a la que luego se impondría en la isla, la de obispo, para remitir al previo elefante.

La línea específica sobre la reina dice así: “Reginae geminat cursum, gressum obliquans, tanquam insidiator”, indicando la forma oblicua en la que se desenvuelve sobre el tablero.

Existe otro trabajo incluso anterior, el cual sería del siglo XII (o incluso previo), en donde se menciona la figura femenina. Se trata de otro texto en latín, Elegia (“Qui cupit”) de Ludo Scachorum (no confundir con el casi anónimo texto de posterior de Luca Pacioli), del que hay diversos manuscritos. Murray conocía la existencia de varios de ellos, pero seguramente se basó en el MS Digby 53, que está en Oxford. Otros se ubican en Múnich, Wolfenbüttel, Reims, Nápoles y Florencia. En su tiempo, equivocadamente, se lo atribuyó al poeta romano Ovidio (43 a. de C.-17 d. de C.).

No se conoce su procedencia geográfica exacta, ni datación, ni autoría original. En él se habla del rey y de su cónyuge en estos términos: “Rex manet incaptus, subtracta coniuge solus, / Coniuge subtracta, nil ualet in tabula” (El rey permanece sin ser capturado / su esposa en cambio puede serlo. / Si eso sucede, nada tiene valor sobre el tablero de ajedrez”).

Además el peón ya es presentado con la posibilidad de convertirse en reina: “Et si quando datur tabule sibi tangere summa, / Regine solitum preripit officium. / Vir factus mulier regi ferus arbiter heret, / Imperat et regnat, hinc capit, inde labat” (“Y si alguna vez {un peón} llega al extremo del tablero de ajedrez, / toma para sí los deberes habituales de la reina, / El hombre hecho mujer, como árbitro feroz se mantiene cerca del rey, / Mandatos y reglas, aquí se apodera, allá produce”).

De esos parágrafos se desprende una idea conmovedora: la reina puede ser eliminada, pero si ello ocurriera, la desolación invadiría el espacio escaqueado. Claro que la coronación del peón puede remediar, al menos en parte, ese estado de cosas.

La introducción de la pieza de la reina no estará exenta de polémicas, en un tiempo en que imperaban fuertes valores religiosos, con un Cristianismo que exhibía un poder que excedía el campo de lo espiritual para atravesar a la sociedad como un todo.

Hubo dos cuestiones morales que puso en escena su inclusión. Por un lado, era del todo extraña la posibilidad de transexualización, hecho que se daba cuando un masculino peón alcanzaba el estatus de reina al arribar a la octava fila y coronar (una cuestión que antes no sucedía ya que, en ese supuesto, la humilde figura devenía en el masculino visir). Esa situación la expuso especialmente el influyente Neckam.

Por el otro se podía generarse que, tras la coronación simple o múltiple, hubiera más de una reina en escena, con las indeseadas imágenes de bigamia o poligamia que se suscitaran sobre el tablero (y el impacto emocional en los jugadores y espectadores), lo que contradecía la moral y también la verdad histórica (los reyes, y también las reinas, podían tener amantes, pero nunca se podía romper el modelo de pareja, al menos a los ojos de la corte y de la sociedad).

Estas cuestiones fueron planteadas fundamentalmente en la experiencia inglesa y, como se ve en el Poema de Winchester, se resolvieron dándosele un nombre distinto al peón que coronaba: fers y no regina. Así se solucionaban adecuadamente ambas cuestiones: la de la transexualización y la de la poligamia.

También de Inglaterra, mas ahora en el siglo XIII, tenemos a Quaedam Moralitas de Scaccario (Moralidad en ajedrez), trabajo atribuido en su tiempo al papa Inocencio III (1160-1216) aunque, ahora, se asume que su autoría es del monje franciscano Juan de Gales (fallecido en 1285). Allí se menciona a la pieza de la reina en el contexto de un texto de claro perfil moralizante en donde se sostiene que cada persona/trebejo debe comportarse alejado del mundo de los pecados.

Habida cuenta de lo expuesto: ¿Cómo habría que entender una mención que se incluye en el texto en cuanto a que todo movimiento horizontal o vertical es virtuoso, mientras que uno oblicuo es inmoral? No habría que olvidarse que, en ese tiempo, la reina se desplazaba en diagonal.

Más amablemente, en esa obra se acuña la famosa y hermosa sentencia en cuanto a que “El mundo es un tablero de ajedrez” (“Mundus iste totus quoddam Schacharium est”).

Con esta mención, y las anteriormente consignadas, queda claro que la pieza de la reina está pacíficamente incluida en el juego del ajedrez en territorios británicos desde el siglo XII en adelante, lo que es una primera importante conclusión. Y ello, ya lo veremos, es coherente con la existencia de sets de piezas previendo a la figura femenina. Veamos ahora, siempre apoyándonos en textos literarios, el caso germano.

Por un descubrimiento de comienzos del siglo XIX se descubrió la existencia de Carmina Burana o Códex Buranus, una colección de cantos goliardos de los siglos XII y XIII reunidos en el manuscrito encontrado en Benediktbeuern, Baviera, Alemania, que son una insustituible fuente cultural medieval.

Dentro del extenso poemario se habla del ajedrez y, en cuanto a las piezas, se menciona ya a la de la reina (las otras son pedes; roch; eques; senex, y rex) la cual, curiosamente, tiene tres denominaciones: femina, para aludir a su primera aparición; regina, cuando surge producto de la coronación de un peón, y conjunx, cuando es capturada.

Si bien el trebejo femenino puede ser puesto en circulación del juego lejos del punto de origen, dado a su natural apego al rey se dice que aquella situación le genera a su esposo la posibilidad de una pérdida irreparable, según la mirada del poeta.

En el caso de Francia, una mención muy antigua a la pieza de la reina es la que hace el monje Gautier de Coincy (1177-1236) quien, recogiendo viejas leyendas marianas, escribe desde 1217 un poema de unos 30.000 versos, llamado Les Miracles de Nostre Dame (Milagros de la Santa Virgen). Allí se presenta al nuevo trebejo en tanto Virgen.

En tiempos de auge del culto mariano se aprecia una partida de ajedrez entre Dios y el Diablo, siendo la Virgen feroz (fierce), además de virgen (vierge), presentándosela ocupando el rol que antes ocupaba el visir en el tablero. Al cabo de todo, será ella quien aseste el respectivo jaque mate al Maligno, denotando su relevancia, y su ferocidad, a la hora de defender los valores del Bien.

Por la forma en que se la presenta, y por ese desenlace en el que juega un rol tan relevante, aunque no es posible afirmarlo a ciencia cierta, da la impresión de que la forma de desplazarse del trebejo respectivo es más importante que la convencional. De hecho, se distingue a la Virgen respecto de otros fers (Autres fierces) que sólo se desplazan con un radio de acción de una casilla.

En Les Miracles de Nostre Dame se presentan, asimismo, todos las figuras del juego, a saber: roi (rey); chevalier (caballo o, más precisamente, caballero); roc (torre), aufin (alfil), poon (peón), y la mencionada fierce, pieza que es la única que connota femineidad, por lo que corresponde a la reina o, más específicamente, a la Reina de los Cielos. La respectiva enumeración se trasunta en el siguiente parágrafo:

“Mais toz ces trais fist il en vain, / Car Diex une tel fierce fist / Qui le mata et desconfist. / Quant li douz Diex vit vers la fin / Qu’il n’avoit triue nes d’aufin / Et qu’anemis par son desroi / Chevalier, roc, fierce ne roi / Nes poon n’i voloit laissier, / Au giu se daigna abaisier” (Versos: 216-224).

Esta idea, la de vincular a la pieza de la reina con el culto mariano, la retomará más tarde, entre otros, el monje dominico Johannes Ingold (1400-1465) en la zona de Estrasburgo, quien produjo en 1432 Das Guldin Spil, una obra sobre los siete pecados capitales en la cual la Virgen María es presentada nuevamente en tanto Reina.

Estando siempre en territorios galos y en el siglo XIII, conocemos otro texto en latín, De vetula (La vieja dama), que se cree se le debe al filósofo y trovador francés Richard de Fournival (1201-1260) en el cual, al explicarse el movimiento de las piezas del ajedrez, la reina hace asimismo acto de presencia, con su movimiento oblicuo por entonces convencional.

En un trabajo que en la Edad Media se le llegó a atribuir al poeta romano Ovidio (vivió en años entre fines y comienzos de la era cristiana), a esa pieza se la asocia al planeta Venus (el rey es el Sol, los peones remiten a Saturno y así, por vez, se adjudica un planeta a cada trebejo) y se la denomina virgo, aunque se cuestiona ese carácter y se la aleja de toda connotación religiosa ya que, si bien se la tilda de agradable y amorosa, también se la aprecia orgullosa y sensual.

Basándonos en una traducción del texto al francés, la cuestión se presenta del siguiente modo:

“La dama a la cual llamamos orgullosa (fier) / Toma su nombre de Venus, no siendo entonces virgen (vierge) / Ella es agradable y cariñosa (amoureuse) / Elegante y apenas orgullosa (orgueilleuse)”

Al reparar en los versos en latín original, en el segmento en que se presentan las piezas, entre ellas la de la reina, se afirma:

“Sex species saltus exercent, sex quoque scaci, / Miles, et alphinus, roccus, rex, virgo, pedesque / In campum primum de sex istis saliunt tres, / Rex, pedes, et virgo: Pedes in rectum salit, atque / Virgo per obliquum, Rex saltu gaudet utroque.”

Siempre en Francia, aunque algo más tarde, cuando a fines del siglo XV se presente en Le Jeu des Esches de la dame moralisé, un manuscrito anónimo en el que se debatirá el conflicto entre la Virtud versus el Vicio, cuando se hable de la pieza de la reina los valores antitéticos que la caractericen serán los de la Humildad y la Ambición.

Un punto muy relevante sería el de saber desde cuándo se comienza a hablar del  movimiento más amplio de la reina. Ello pareciera haber ocurrido, siempre basándonos en el terreno de la literatura, con Gesta Romanorum, un muy popular texto escrito en latín de fines del siglo XIII, o comienzos del XIV, aunque los primeros relatos que contiene esa magna obra provienen de la primera mitad de aquella centuria. Se trata de una recopilación de autoría y procedencia difusas, pudiendo provenir de Inglaterra, Alemania o Francia. Pero de inmensa popularidad, lo que contribuirá a la difusión continental de su visión del juego.

Aquí, cuando se habla de la forma de desplazarse las piezas de ajedrez, se describe que la reina puede acceder por primera vez a casillas de ambos colores (y la inicial era la oscura), con lo que se podría deducir que ya no tan solo se desplaza en diagonal como otrora. Pero el párrafo no es conclusivo ni claro ya que, más tarde, se asegura contradictoriamente a lo expuesto que sólo se puede mover en sentido diagonal (lo que implica que no pueda alterarse la coloratura asumida en el escaque asignado al comienzo de la partida).

El pasaje en cuestión es el siguiente: “Quintus, qui in isto scacario ludit et nominatur, est regina, cujus progressus est de albo in nigrum, et ponitur juxta regem; et quando recedit a rege, capitur. Que cum mota fuerit de proprio quadro nigro, ubi primo fuit locata, non potest procedere, nisi a quadro in quadrum unum, et hoc angulariter, sive procedat, sive retrocedat, sive capiat, sive capiatur” (“La quinta pieza del juego es la reina; se mueve de blanco a negro y se ubica junto al rey; y, cuando se aleja de él, es capturada. Cuando se mueve de la casilla negra donde está al inicio, no puede moverse excepto desde un cuadro a otro y en diagonal, sea que avance o retroceda, sea que capture o sea (amenazada de serlo) capturada”.

En Gesta Romanorum la figura del rey es asumida por Jesucristo (que es el Rey de Reyes, tanto en el Cielo como en la Tierra), mientras que la de la reina le corresponde a la Virgen María, a quien se la define en su característica y espíritu de ser misericordiosa con todos.

A territorios de la futura Italia le debemos el primer texto integral estrictamente de divulgación surgido en Europa, el de Boncompagno da Siena (con dataciones natal y muerte imprecisas, en años que irían de los siglos XII y XIII). Se trata de Bonus Socius, escrito en latín, el que será traducido a varias lenguas romances (tuvo gran influencia especialmente en Francia en donde habría arribado para el siglo XIV).

Se trata de un compendio de problemas de ajedrez (también de tablas y del juego del molino), muchos de ellos tomados de la tradición árabe, los que fueron presentados con sus respectivos diagramas. En las respectivas ilustraciones, se indicaba la sigla del nombre de las piezas (y no se dibujaba aún su imagen).

Al mencionárselas, en lo que respecta a la que luego le corresponderá a la ubicación de la reina, se la sigue llamando fers o fercia, por lo que remite al visir oriental. Se mueve una casilla en diagonal, con lo que no podía cambiar el color del escaque durante la partida, como era una tradición en ese periodo primero. A esa calidad de trebejo podía acceder también el peón cuando arribe a la octava fila y corone.

Sobre ese desplazamiento había una salvedad ya que, en la primera movida del fercia, o cuando este hubiera surgido producto de la coronación, podía desenvolverse no sólo en la forma convencional sino, asimismo, sumando otra casilla en diagonal, aunque volteando de posición (es decir no alejándose): por ejemplo, de d1 a d3 (pero no a b3 o a f3).

Mientras que el rey aparece en la respectiva imagen girado, entallado con una banda central en relieve y con una flor de lis central en la parte superior, el fercia, siendo de formato similar, se lo presenta más pequeño, despojado de esa banda y exhibiendo en su testa una bola redonda.

La escuela lombarda, de la que ese texto es pionero (a la que tributará también en tiempo posterior otro llamado Civis Bononiae y el propio Cessole con su obra), prescribía que, para ambos trebejos, en la primera jugada se podía hacer un salto, con lo que se podía acceder, en cada caso, a diversas casillas: b1, b3, d3, f1 y f3, en el caso de la reina (el rey podía acceder a otras, incluyendo las que se podían alcanzar con el salto de caballo). Este  “salto de la dama” y el “salto de la alegría” del rey implicaron que el fercia fuera mutando gradualmente hacia la movilidad definitiva  que habrá de tener la reina y, en el caso de su consorte, que nos aproximáramos a la idea ulterior del enroque.

Por supuesto no hubo sincronía absoluta en cuanto a la aparición de la pieza de la reina y el reconocimiento de su movilidad crecientemente ampliada, en territorio continental. Distintos puntos europeos, en un mismo tiempo, jugaban al ajedrez de forma diversa y podían, o no, ya tener incorporada a la reina. Su antecedente del fercia, podía tener una forma de desplazamiento no equivalente, si estuviéramos en una misma cen centuria en Italia o en Inglaterra, por caso.

Aquí hay un importante punto de adaptación: por razones literarias, muchos compiladores ulteriores del texto original de Bonus Socius, a la hora de redactar sus propias versiones del texto (en Italia, pero también en otras geografías, particularmente en Francia y Alemania), al hablar del fers o fercia, comenzaron a utilizar la expresión reina. La transmutación se iba haciendo por ende cada vez más poderosa.

Este fue un importante momento de transición ya que ahora, y no solo en la literatura general, sino en la que provenía de una fuente especializada, esa fundacional de la escuela lombarda, la pieza con rostro femenino comenzaba a tener presencia, por supuesto como heredera del antiguo visir y tomando su posición y movilidad restringida.

Desde luego que una recorrida más minuciosa podría agregar otros textos, además de los ya consignados, en los cuales la pieza de la reina irrumpe con creciente protagonismo. No es sin embargo la intención de este documento ser del todo exhaustivos. No procuramos trazar un inventario sino la de trazar episodios emblemáticos y tendencias, en aras de reflejar fenómenos globales poniendo el acento en aportes culturales tempranos y representativos que marquen la presencia de una figura femenina en un juego que, en su diseño original, no la incluía.

Con todo, no podemos finalizar esta mirada con eje en lo literario sin referirnos a un libro muy importante, aunque algo posterior, que sirve para zanjar toda duda sobre la presencia de la pieza de la reina en el ajedrez, en el sentido de que es bastante anterior respecto de su ulterior presencia en el marco del proceso de modernización que se dará recién a fines del siglo XV. Nos referimos al ya anunciado de Cessole, al que se le dedicará el próximo capítulo.

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Sergio Ernesto Negri nació en la ciudad de Buenos Aires, Argentina. Es Maestro FIDE. Desarrolló estudios sobre la relación del ajedrez con la cultura y la historia.

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