D'Artagnan, el mosquetero que fue campeón del mundo de ajedrez

por Manuel Azuaga Herrera
06/09/2021 – 2005, Potrero de los Funes (Argentina). La partida se convirtió en un canto al ajedrez romántico o, por qué no, en una novela de Dumas. Topálov, con negras, perdió pronto la posibilidad de enrocar y resistió como pudo los envites de las blancas (Rustam Kasimdzhanov). Más tarde, a pesar de que su principal objetivo era no perder, Véselin montó un feroz ataque con las dos torres y el único alfil que le quedaba, el de casillas blancas. Hasta que, tras varias escaramuzas tácticas, el uzbeko ofreció las tablas. Pero Morozevich y el propio Kasimdzhanov insinuaron que Silvio Danailov, representante de Topálov, ayudaba en las partidas a su pupilo a través de señales secretas. Años más tarde, Topálov escribió acerca de estos rumores y no pasó por alto el hecho de que solo se publicaran en revistas rusas donde escribían «amigos con buenas intenciones de mis rivales». El ajedrez de élite, por aquellas fechas, era un campo de minas y refriegas. Manuel Azuaga recuerda aquellos tiempos, y también la carrera de Topalov, en su artículo más reciente en Diario Sur. | Imagen: cortesía del Sr. García

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La aventura deportiva de Véselin Topálov parece una novela de Alejandro Dumas

2005. Potrero de los Funes, un lugar hermoso, como pintado al óleo, en la provincia argentina de San Luis. Durante meses, más de 350 obreros construyeron de la nada 'La Caja de los Trebejos', una sala de juego espectacular, con 860 butacas y tres niveles de altura, de cuyo techo colgaba un enorme videomarcador de cuatro caras. Debajo de las pantallas electrónicas se sentaron los ocho mejores ajedrecistas del momento.

En juego, el título de campeón del mundo. Faltaron a la cita Gari Kaspárov, recién retirado, y el ruso Vladímir Krámnik, que rechazó la invitación. Los participantes compitieron todos contra todos, a doble vuelta.

El 13 de octubre despuntó en Potrero de los Funes como un haz de luz en el horizonte, entre las verdes colinas. La expectación era máxima. Arrancaba la penúltima ronda y el búlgaro Véselin Topálov, conocido como D'Artagnan por su estilo audaz sobre el tablero, tenía al alcance la gloria, debía lograr medio punto contra el uzbeko Rústam Kasimdzhanov. Algunos cuentan que, por encima de las cabezas de ambos contendientes, se oyó cómo las espadas rozaban con violencia el brocal de sus vainas.

Para leer el artículo completo de Manuel Azuaga en Diario Sur...


Manuel Azuaga Herrera, licenciado en Ciencias de la Información. Socio fundador de la Asociación Ajedrez Social de Andalucía. Monitor de la Federación Andaluza de Ajedrez (Nivel I-FADA)
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