Ha fallecido Félix Luna

10/11/2009 – Tras su reciente fallecimiento, muchísimas semblanzas sobre Félix Luna han sido publicadas, muchísimas de sus obras han sido mencionadas, muchísimas de sus virtudes destacadas. Han podido verse también algunas –no muchas, felizmente– agrias y feroces críticas e insultos, tan inmerecidos como irrespetuosos, para con un hombre modesto, sencillo, intelectualmente brillante, que dejó un legado histórico de excepción. En esta breve nota, sólo deseo destacar su gusto por el ajedrez, que heredó de su padre. Siempre que tuvo oportunidad, apoyó el juego ciencia, aunque siempre desde un punto de vista filosófico o histórico. Necrológica por Juan Morgado...

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Testimonios de Félix Luna:

El fallecimiento de un historiador que se interesó por el ajedrez

Por Juan Morgado

Luego de su reciente fallecimiento, muchísimas semblanzas sobre Félix Luna han sido publicadas, muchísimas de sus obras han sido mencionadas, muchísimas de sus virtudes destacadas. Han podido verse también algunas –no muchas, felizmente– agrias y feroces críticas e insultos, tan inmerecidos como irrespetuosos, para con un hombre modesto, sencillo, intelectualmente brillante, que dejó un legado histórico de excepción.
En esta breve nota, sólo deseo destacar su gusto por el ajedrez, que heredó de su padre. Siempre que tuvo oportunidad, apoyó el juego ciencia, aunque siempre desde un punto de vista filosófico o histórico. Basta recordar el siguiente texto:

El ajedrez es un juego cruel, pues sólo termina cuando el oponente, el Rey, es derrocado o cercado o peor aún, ¨comido¨. Es cruel porque no admite transacciones; sólo eliminar piezas en una estrategia cuya lógica sólo comprende el jugador. Sin embargo, como juego de pensamiento, no conozco otro que sea, como el ajedrez, un ámbito de paciencia, tolerancia, conversación pacífica e intercambio de ideas.
Tal vez por todo esto y por su significación secreta, dicha y cantada por tantos ensayistas y poetas, quien firma se abstuvo siempre de acercarse seriamente al ajedrez. Allí queden, en su misterio, esa masa de conjeturas que esconden su tablero inamovible y sus piezas. No es para mí…
[1]

Otro aporte importante para la historia del ajedrez argentino lo realizó a través de su revista Todo es Historia número 337, agosto de 1995, mediante la publicación de la nota titulada El Ajedrez en la Historia, del Prof. Gabriel Mario Gómez.

Por último, quisiera citar dos fragmentos de su libro auto-biográfico no tan conocido, Encuentros, donde el ajedrez se mezcla con la política, con la vida cotidiana, con las alegrías y los dramas de todos los días.

En el primero, puede verse el ajedrez en su ámbito familiar, trasmitido a él por su padre. En el segundo, relata en forma dramática la circunstancia en que jugó al ajedrez en la cárcel, junto con otros compañeros de la juventud de la Unión Cívica Radical, en 1951, durante el segundo gobierno de Juan Domingo Perón. Como complemento, se agregan dos párrafos del propio Félix Luna referidos a esta circunstancia que le tocó vivir: el primero, su diálogo con Perón en Puerta de Hierro, en 1969; el segundo, referido a las circunstancias políticas en que se producían estos acontecimientos.

Félix Luna: evocación de su padre, herencia del ajedrez

Serían los primeros años de la década del veinte –1920– cuando mi padre Félix fue nombrado médico de inmigración por Marcelo Torcuato de Alvear [2]–en ese entonces Presidente de la Nación–, un puesto cómodo que implicaba levantarse muy temprano una vez cada diez días, tomar el Vapor de la Carrera a Montevideo, abordar allí los transatlánticos que venían cargados de inmigrantes, y revisarlos durante el cruce del Río de la Plata para que pudieran desembarcar sin demoras, o fueran internados donde correspondiera en caso de enfermedad. Creo que esa designación comprometió la lealtad de papá con Alvear, pues los Luna eran invariablemente yrigoyenistas [3], y el gesto del Presidente había sido generoso.

La canonjía de papá no duró mucho: el gobierno de Justo[4] lo echó. No recuerdo aquellos días, pero debieron ser de tristeza y zozobra en casa, con siete bocas infantiles para alimentar. Tengo una vaga reminiscencia de que una mañana mamá me llevó a la iglesia Regina Martyrum, que estaba a dos cuadras de casa, y me hizo rezar a Jesusito para que arreglara el problema del empleo de papá. No se arregló, por supuesto, y desde entonces trabajó en su consultorio, que quedaba en la parte de debajo de nuestra casa, en la esquina de Victoria y Pasco, frente a la Plaza 1º de Mayo. Era un médico de barrio de buen ojo clínico y pacientes que terminaban convirtiéndose en sus amigos. (...)

A la noche, después de cenar, invariablemente iba a un pequeño club donde se jugaba a las barajas, al billar y al ajedrez. Ocasionalmente se reunía con sus hermanos en algún café, o con otros riojanos. (...) Tenía buenos amigos, y algunos eran como satélites, para no decir asistentes. Uno de ellos era el ¨coronel¨, un salteño que nada tenía que ver con el ejército, y era su eterno competidor de ajedrez. Solía venir a la casa de Victoria los domingos a la tarde con un programa muy claro: lavar el perro y jugar al ajedrez. (...) Cumplida la tarea, los dos amigos pasaban al escritorio, y allí permanecían varias horas frente al tablero. Cuando papá subía le preguntábamos quién había ganado. –Lo he hecho llorar al coronel–, solía ser su respuesta[5].

Félix Luna: detención, torturas, cárcel y ajedrez durante el segundo Gobierno de Perón

Cuando uno es víctima de torturas, siente el castigo en su pellejo pero también una humillación, una indefensión y un estado de inferioridad que degradan y angustian el ánimo. (...) Me detuvieron el 1º de agosto de 1951. Yo había pasado la noche anterior en Avellaneda, asistiendo a la Convención que proclamó candidatos de la UCR a la presidencia y vice de la Nación a Balbín y Frondizi[6] .Estuve con amigos, escuché los discursos de los candidatos, y antes de volver a mi casa llamé por teléfono para avisar que en un rato estaría allí. Una de mis hermanas me atendió y me dijo, casi en lenguaje cifrado, que esa noche había estado la policía buscándome. Quede alelado. Volví adonde estaban mis correligionarios, pregunté un poco y al rato alguien me avisó que Emilio Gibaja[7] estaba detenido desde el día anterior. Bastó ese dato para deducir de dónde venía el problema. Una semana antes, él y otros compañeros habían estado en casa organizando una volanteada en apoyo a los ferroviarios en huelga. (...) Bien, si era eso, pensé, se trataba de algo tan insignificante que no podía convertirse en motivo para sentirme perseguido. No íbamos a tirar bombas ni a hacer sabotaje, sino a arrojar unos impresos conteniendo la solidaridad de la FUBA con los fraternales en huelga. Mientras regresaba a Buenos Aires decidí presentarme a la policía, tomando algunos recaudos. No quería que volvieran a molestar a mi familia ni me parecía lógico convertirme en un prófugo por semejante zoncera. (...)

Fui al Departamento de Policía, oficina de Orden Gremial, donde me recibieron con corrección y dijeron que tenían que tomarme declaración en una comisaría de Boulogne, en la Provincia.
—¿Por qué Boulogne?—, pregunté extrañado.
—Porque allí se cometió el delito—, me respondieron.
La palabra delito me sonó rara y exagerada. Por represivo que fuera el régimen gobernante, la panfleteada distaba mucho de ser un delito. Ignoraba yo, a pesar de mi flamante título de abogado, que la investigación policial se relacionaba con un presunto ¨delito contra la seguridad del Estado¨. (...)
Entré (al calabozo) y vi en la penumbra a tres muchachos tirados en el suelo: Gibaja, José Azarola y su hermano[8]. Con voces transidas, en un susurro, me contaron. (...) Los habían interrogado picana mediante, y Azarola dijo todo lo que sabía, lo cual no era realmente para criticar. (...) A Gibaja lo habían picaneado la noche anterior. (...) Se apagó de nuevo la luz del pasillo, y llamaron: —¡Luna!—. Esta vez no dijeron ¨doctor¨. Salí con toda la dignidad que pude. Me vendaron los ojos. Empezaba mi ordalía. No voy a relatar mi tortura. Lamentablemente, la práctica de la picana eléctrica ha suido contada muchas veces en nuestro país y no vale la pena reiterar sus detalles. Solamente el odio puede sostenerlo a uno: el odio a los miserables que se ensañan con un ser humano indefenso y el odio al sistema político que hace posible ese horror. Odio y desprecio es lo único que permite mantener una cierta resistencia anímica, ya que toda otra forma de resistencia es inútil. (...) En aquella época, estos eran hechos malamente novedosos; meses antes de lo nuestro el estudiante Ernesto Bravo [9] había sito torturado casi hasta la muerte y el gobierno había tenido que montar un show para negarlo, sin éxito. (...) A media mañana, descorbatado, descinturonado y descordonado, apareció Felipe Lunardello[10]. Era una desgracia que lo hubiesen detenido, pero para mí su presencia significó un alivio porque ahora podía compartir responsabilidades con él. (...)

Al otro día, miércoles, escribieron nuestras declaraciones y nos las hicieron firmar. En cualquier país del mundo civilizado nuestros dichos, aún exagerados por la acción de la picana, no merecerían ni una acción administrativa: unos estudiantes que tiraron volantes en apoyo de una huelga. Para el gobierno de Perón eran suficientes para procesarnos como autores de un grave delito. (...) La siguiente jornada, jueves, fue muy fea porque nos llevaron a La Plata. (...) Fue un viaje bastante grotesco porque debió interrumpirse por lo menos un par de veces para cambiar dos gomas pinchadas; hubiera sido de no creer, si alguien viera a los presos ayudando a sus custodios en la faena de los neumáticos. Entre estos y otros inconvenientes llegamos al Juzgado Federal a eso de las tres de la tarde, hambrientos y exhaustos. (...) El Juez Federal Meneghazzi [11] era un ser viscoso, balbuceante, manos temblorosas, piel llena de manchas, que me trató con untuosa cortesía: un sirviente del gobierno al que no le importaba otra cosa que hacer lo que de él se esperaba. (...) Uno de nuestros defensores, Alfredo Eric Calcagno [12], nos anunció en el locutorio de la cárcel de Olmos que Meneghazzi había decretado nuestro procesamiento por violación de la ley de seguridad del Estado. (...) Los radicales de La Plata hicieron lo indecible para aliviarnos las penurias. Algunas chicas se constituyeron en visitas obligadas los domingos y sus pequeños obsequios alegraban nuestras semanas. (...) La policía intentó sacar de Olmos a nuestro compañero el ¨Rubio¨ Zavala [13] para interrogarlo de nuevo. Ya lo habían torturado bárbaramente, y la posibilidad de que repitieran el suplicio lo llevó a intentar suicidarse, o a fingir que quería suicidarse. Los muchachos de la enfermería se pudieron firmes, se negaron a entregarlo, y finalmente Zavala quedó en Olmos. La verdad es que dos días antes de llegar a Olmos, un hombre nos reunió en el locutorio, y nos transmitió las seguridades que nos enviaba el Gobernador Mercante [14], en el sentido de que seríamos tratados decentemente, y no nos pasaría lo que sabía que nos había ocurrido en Boulogne. (...) En Olmos compartimos el Pabellón V sólo con presos políticos, es decir, con ferroviarios huelguistas que habían sido detenidos. Había gente de toda la gama política, pero el grupo más numeroso era el de los comunistas, a quienes seguían los anarquistas y unos pocos socialistas. (...) Nosotros cinco estábamos en una misma unidad, que daba a un pasillo alambrado, al igual que otras seis unidades, ocupadas por ferroviarios hasta que gradualmente se fueron vaciando. Cuando los últimos ferroviarios se fueron, todos empezamos a tener la sensación de que nuestra cárcel podía ser muy larga, y que el delito contra la seguridad del estado era verdaderamente temible. De modo que tiempo después éramos los únicos ocupantes del pabellón, cuyo comedor –mesas y bancos de cemento fijados en el piso– era nuestra sala de estar, donde jugábamos al ajedrez, leíamos o escribíamos.

El 21 de setiembre de 1951, como a las dos o tres de la tarde, estábamos en el pabellón, y yo jugaba una encarnizada partida de ajedrez con Zavala. Él era, de lejos, el mejor jugador del grupo, pero a fuerza de hacerle partidas, yo había mejorado mi deplorable técnica, y ese día, por primera vez, lo tenía acorralado. En eso se oyó la voz del llavero: —¡Los estudiantes, tienen abogado!—
Como era un día se semana supuse que sería alguno de mis amigos platenses. No quería dejar escapar a mi contrincante, así que dije:
—Vayan ustedes, después me cuentan—
Pero el llavero, con la puerta abierta, insistió en que teníamos que ir todos, menos Zavala. Salimos, no sin decirle yo al Rubio que no tocara ninguna pieza, que enseguida le daba el jaque mate. (...) Cuando llegamos al locutorio, vimos a Calcagno con una sonrisa que le partía la cara:
—¡Se van! ¡Están en libertad! ¡La Cámara revocó la prisión preventiva!—
Recuerdo que no fue alegría lo que sentí en ese momento. Por el contrario, me invadió una terrible ansiedad, una tensión insoportable que no me abandonó hasta tres o cuatro horas después, cuando la libertad se hizo efectiva. (...) Y corrí para olvidarme de que nuestro amigo, el Rubio Zavala, había quedado en Olmos: una chicana de no sé qué juez había impedido que saliera con nosotros. Recién se lo puso en libertad dos años más tarde [15].

La entrevista de Félix Luna con Juan Domingo Perón en Madrid, 1969
Se fue haciendo el medio día. La cita del grabador estaba completa, el objetivo de mi viaje se había cumplido. Entonces, se me ocurrió hacerle algunas preguntas molestas, pues hasta ahora todo le había sido muy fácil. Le espeté:

—Le agradezco todo lo que me ha brindado, pero tengo que preguntarle algo que siempre me intrigó. Usted tuvo durante diez años todo el poder, el sostén de las Fuerzas Armadas, del Congreso, de la policía, del aparato de propaganda, y sobre todo, un enorme apoyo popular. Entonces, ¿por qué trató tan mal a la oposición? ¿Por qué la persiguió tanto?—
Los pequeños ojos de Perón se abrieron mucho, sosteniendo la expresión de auténtico asombro que pareció instalarse en su rostro.
—¿Yo? ¿Perseguir a la oposición? ¡Pero si en mi época nunca se votó más libremente! Acuérdese del fraude y…—
Lo interrumpí.
—Bueno, General, pero no sólo se trata bien a la oposición dejándola votar; en su gobierno hubo hechos que…—
Me interrumpí, porque me brotaban a borbotones los ejemplos, y vacilaba cuál debía elegir.
—Escúcheme, General, durante su presidencia se expulsó a varios diputados, por ejemplo a Sammartino—
—Bueno, ese mocito se insolentó, y entonces los muchachos del Congreso…—
—…se cerraron diarios, digamos La Prensa—
—…es que se descubrió que hacía contrabando de papel, o algo así—
Aquí ya me puso casi insolente, porque me era insoportable que no reconociera absolutamente nada.
—Perdón, General, —pero en su tiempo se torturaba!—
—¿Se torturaba? Si a veces yo tenía que empujar a la policía para que actuara, porque no hacía otra cosa que agarrar quinieleros…—
—¡Le digo que se torturaba!—
—¿A quién?—
Casi grité.
—¡A mí, General, a mí!—
Pero Luna, ¿cuándo fue eso?
Y ahora la máscara fue de consternación e incredulidad; la cara que puede componer un funcionario que, ante una grave acusación que lo afecta, toma el teléfono y furiosamente brama:
¡A ver, carajo, qué hay de cierto en lo que me han dicho!
Pero el General no tenía semejante teléfono en Puerta de Hierro ni en la Casa Rosada; si lo tuvo, no lo usó jamás para preguntar si algún argentino había sido torturado por el delito de no estar de acuerdo con el gobierno justicialista [16].

Opositor, sinónimo de traidor a Perón. Presos a disposición del PEN [17]
Hacia 1955, todo opositor al régimen oficial se situaba al borde de la traición a la patria. Así lo había establecido Perón, lo había vociferado Evita y así lo repetían las consignas reiteradas una y otra vez por los diarios y las radios del sistema. "Vendepatrias", "cipayos", palabras confiscadas al nacionalismo, calificaban al ciudadano no peronista, que era visto como alguien excluido, marginado, ajeno a esa "Nueva Argentina" en la que todos debían ser naturalmente felices.

Si se partía de esta premisa, lo natural era que existieran presos políticos. Puede decirse que entre 1948 y 1955 las cárceles del país siempre albergaron a disidentes en mayor o menor cantidad. A veces, un sobresalto en las altas esferas del poder o una sospecha de los servicios mandaban a prisión a centenares de ciudadanos. En tiempos más sosegados, no eran tantos, pero siempre existía una cuota mínima permanente: Cipriano Reyes [18],  David Michel Torino [19], algunos obreros socialistas o comunistas, ciertos militares eternamente señalados como conspiradores. Estos montecristos del régimen peronista eran ubicados en una categoría diabólicamente indefinida: estaban "a disposición del Poder Ejecutivo", lo que significaba que para ellos no había hábeas corpus ni recurso judicial alguno: podían languidecer años en la cárcel sin que ninguna garantía legal los amparara.

El paso previo a la condición de presos era un proceso por desacato, figura jurídica vaga y extensible según la voluntad de los sumisos jueces federales de entonces. A partir de 1951, se completó la red legal con el decreto sobre "seguridad del Estado", que convertía a los acusados en verdaderos parias de la Justicia, ya que se los obligaba a permanecer detenidos hasta el final de la causa, aunque resultaran absueltos. Súmese a esto la declaración del "estado de guerra interno" (1951) y se advertirá que todo estaba dado, en la Argentina de Perón, para que el opositor fuera una nulidad como sujeto de derechos [20].

Notas

1.- Contratapa del libro Jugadas de la memoria, Carlos Ilardo, Ediciones Al Arco, Buenos Aires, 2006. [Volver]

2. - Marcelo Torcuato de Alvear, sucesor de Hipólito Yrigoyen, período 1922-1928. [Volver]

3. - Hipólito Yrigoyen, 1916-1922, fue el primer Presidente argentino elegido por el voto popular, por la Unión Cívica Radical. [Volver]

4. - Agustín P. Justo, General que gobernó el país entre 1932 y 1928, llegando al poder mediante comicios fraudulentos [Volver]

5. - Encuentros, Félix Luna, Editorial Sudamericana 1996, pág. 387/9. ¨El amigo más íntimo de mi padre era el ¨coronel¨ Usandivaras. Lo de ¨coronel¨ no sé a qué se debía, porque este encantador salteño era empleado en el Ministerio de Relaciones Exteriores, pero así se lo conocía en todos lados¨. [Volver]

6.- Por ese entonces, dirigentes políticos importantes de la Unión Cívica Radical, opuestos a Perón. [Volver]

7. - Dirigente juvenil de la Unión Cívica Radical, amigo y compañero de Félix Luna. [Volver]

8. - Compañeros y amigos estudiantes de Félix Luna. [Volver]

9. - El secuestro y desaparición del estudiante Ernesto Bravo fue un episodio dramático de esa época, donde la tortura era algo habitual en la llamada ¨Sección Especial¨ de la Policía, sita en Urquiza al 500. Bravo estuvo al borde de la muerte, y fue ¨blanqueado¨ por la policía recién después de 30 días, debido a la presión popular. [Volver]

10. - Dirigente estudiantil de la Unión Cívica Radical. [Volver]

11.- Juez Penal, adicto al régimen imperante. [Volver]

12.- Abogado de muchos dirigentes presos por ser opositores a Perón. [Volver]

13. - Probablemente se refiera a Miguel Angel Zavala Ortiz. [Volver]

14. - Gobernador de la Provincia de Buenos Aires por el Partido Laborista, estrecho colaborador de Perón en  los primeros años de su gobierno. Cuando terminó su mandato en 1952, él y sus ministros fueron perseguidos, y algunos de ellos encarcelados, como el ajedrecista Doctor Julio César Avanza. [Volver]

15. - Encuentros, Félix Luna, Editorial Sudamericana 1996, pág. 444/64. [Volver]

16. - Encuentros, Félix Luna, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1996, pág. 89. [Volver]

17.- Poder Ejecutivo Nacional [Volver]

18. - Cipriano Reyes fue el fundador del Partido Laborista, del cuál se valió Perón para llegar al poder. Según sus propios dichos, fue el hacedor del famoso 17 de octubre de 1945. Luego fue perseguido, encarcelado y torturado por la policía, durante el Gobierno de Perón. [Volver]

19.- Empresario viñatero y director propietario del diario “El Intransigente”, de Salta que debido a su postura opositora fue confiscado por el gobierno de Perón. Estuvo encarcelado durante tres años, en condiciones miserables. Hizo huelga de hambre, poniendo en peligro su vida. Ante el escándalo, fue trasladado a un hospital. [Volver]

20. - Las víctimas del régimen, Félix Luna, La Nación, 12 de Junio de 2005 [Volver]



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