Marcianos

15/08/2003 – Es difícil ser preciso al dar a conocer las reglas del ajedrez. Hay aspectos y matices que damos por supuestos ya que nuestra mente los ha asimilado como algo natural y que no puede ser de otra manera. Pero para un profano no existe lo obvio. Así que muchas veces, cuando jugamos con un primerizo debemos matizar sobre el propio tablero, con la práctica, las normas que le habíamos dicho. Unas veces a nuestro favor y otras en contra. Y esto no dejará de generar recelo y desconfianza del primerizo. Manuel López Michelone nos cuenta lo que le pasó cuando ese debutante es verde y acaba de bajar de un platillo volante...Encuentro extraterrestre

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Encuentro Extraterrestre

por Manuel López Michelone 

A veces un día de campo es, para un ajedrecista, una oportunidad para estudiar al aire libre. Dejar por un rato el estudio o el salón de juego y mover los trebejos al aire libre suele ser relajante. No hay la dolorosa y dura competición. Uno puede entonces dedicarse a labores más entretenidas que las aperturas o el aprendizaje de los áridos finales. Pueden entonces verse esos problemas de fantasía, muchas veces compuestos por esos grandes del tema: Kubbel, Grigorian, Kasparian, etc.

Así entonces, después de la abundante comilona, dejé el picnic y a la familia, y me adentré en aquel bosque. Después de caminar un rato hallé lo que buscaba: una piedra a manera de banquito para sentarme y los restos de un gran tronco, que me servirían de mesa. Dispuse entonces las piezas, saqué mi librito de problemas compuestos y comencé a ver las maravillas que estos ofrecen. No cabe duda que el ajedrez posee magia. En este limitado espacio de 64 escaques las grandes ideas fluyen de forma extraordinaria.

De pronto un curioso zumbido llamó mi atención. Giré el rostro y lo que vi en el cielo me dejó pasmado: ¡era un platillo volador! De un acero brillante, totalmente circular, el disco giraba a unos metros de mí. Y entonces un segundo evento me dejo helado: de la parte inferior de la nave, salió una luz en forma de cilindro y vi entonces bajar a un hombrecito verde, sí, como los que siempre nos han mostrado en los cuentos de ciencia ficción. ¡No cabía en mi asombro!

Sorprendentemente, el extraterrestre se acercó a mí sin el mayor asomo de timidez. Me encaró y me dijo a bocajarro: “¿qué es eso que está sobre el árbol?”. Su voz era metálica y sin el mínimo cambio de tonalidad. Para no demostrar temor, le respondí seguro de mí mismo: “es un ajedrez”, y continué, “¿quieres jugar una partida?”. El hombrecito no dudó. Le expliqué sucintamente las reglas del juego. Le advertí de las reglas especiales, por ejemplo, la de la coronación (que debería llamarse, estrictamente hablando, de promoción). Le dije: “Y cuando un peón llega a la octava fila, puede convertirse en la pieza que quieras”. Dicho todo eso, le pregunté entonces: “¿Jugamos una partida?”. Éste accedió y dispusimos los trebejos después de sortear los colores, en donde mi eventual rival le tocó la suerte de llevar las piezas negras. La partida no fue muy dura, porque sin lugar a titubeos, al marcianito le faltaba bastante idea estratégica. Hay que decir en su descargo que era la primera vez que jugaba al ajedrez, por lo que no era de esperarse demasiado. En cierto momento del encuentro llegamos a la siguiente posición:  

 (Diagrama 1)

Juegan las negras

Yo amenazaba 2. Cb3 mate. Pero me sorprendí al ver la jugada del negro: 1. … h1=R negro! Le dije al marcianito que su jugada era ilegal y éste replicó: “No. Tú dijiste que al llegar a la octava fila podía pedir la pieza que quisiera. Nunca aclaraste que no podía ser otro rey”.  

(Diagrama 2)

Posición después de 1. … h1=R negro!

Aunque su argumentación era válida, no me iba a poner a discutir en esos momentos. Sin duda era una pésima manera de empezar las relaciones con los extraterrestres. Y entonces se me ocurrió la siguiente feliz idea: hice mi movimiento:2. a8=Rey negro! y anuncié: ¡mate en la siguiente jugada!

 

(Diagrama 3)

Posición después de 2.a8=R negro!

Mi verdoso rival se puso aún más verde y me miró atónito. Sin darle oportunidad a preguntar nada le dije: “efectivamente, se puede pedir CUALQUIER pieza al coronar”. Y entonces el hombrecito verde se sumió en larga meditación:. Después de 2. … Rb8 o 2. … Rh2, se seguiría 3. h8=D ¡mate a todos los reyes! Y de pronto mi contrario del planeta rojo se levantó. La luz cegadora en forma cilíndrica lo capturó y la nave desapareció tan rápidamente como había llegado. Cabe decir que en mi familia nunca creyeron mi extraordinaria historia.


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