Una fiesta merecida

31/07/2008 – El pasado domingo 20 de julio, justamente cuando se conmemoraba el 84º aniversario de la creación de la FIDE, en Cuba se celebraba el día de los niños. El club de ajedrez Capablanca de La Habana se sumó a las actividades y organizó su propia fiesta. Hubo madres, padres, abuelos, comida, bebida y, no faltaría más, también ajedrez. Ni las inclemencias meteorológicas, ni los cortes de fluido eléctrico arredraron a una gente dispuesta a dar y disfrutar un día especial, en el que no podían faltar recuerdos para el genial ajedrecista en cuyo honor usa su nombre el club. Reportaje de Roberto Mayor...

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Una fiesta merecida

El pasado domingo 20 de julio, justamente cuando se conmemoraba el 84 aniversario de la creación de la FIDE, en Cuba celebrábamos el día de los niños. Hace más de tres décadas se implantó el tercer domingo de julio como fecha para regalarles a los más pequeños de esta Isla una gran fiesta a todo lo ancho y largo de este bello caimán del Caribe.

Nuestro club se sumó a las actividades y organizó su propia fiesta, preparando una actividad que será recordada como la primera que se organiza pensando al 100% en los pequeños “capitas” que tenemos en nuestras filas, desde que fuera reinaugurado el pasado mes de abril.

La junta directiva del club decoró el lugar para la ocasión y los visitantes pudieron ver como globos blancos y negros vestían el club, representando los colores de las piezas del tablero. Una pancarta bien diseñada, con el personaje de Gambi, creado para la multimedia GAMBICHESS que próximamente saldrá a la venta, servía para engalanar el salón principal del club.

Pero sin lugar a dudas la pieza que distinguía el local, era el montaje que realizara nuestro diseñador sobre la carta que escribiera José Raúl Capablanca a su hijo en el año 1925 para que este la leyera al arribar a la mayoría de edad. Durante la actividad tuve el honor de leer para los presentes ese texto y al terminar encontré algunas madres y niños visiblemente emocionados.

Los niños acompañados de sus padres y abuelos disfrutaron del momento. Esos pequeños que en mayoría son miembros activos de nuestro club, se divirtieron a pesar de no tener en ese instante piezas, tableros y relojes de ajedrez….

Los padres nos ayudaron a servir y también a comer…

Pero el colofón de la actividad llego un poco más tarde, cuando diez niños se enfrascaron una ardua batalla ajedrecística que organizamos precisamente para cerrar el evento. Los ganadores se llevaron libros, juegos y tableros de ajedrez y aunque no tenemos fotos de este momento les puedo decir que el torneo rapid transit se jugó a gran altura. Un niño sobresalía por encima de los demás y se hacía acompañar por sus padres y hermana, lamentablemente perdió la antepenúltima y penúltima partidas, quizás por cansancio. Su orgullo lo obligo a derramar algunas lagrimas pero, ante unas palabras de aliento de su padre y un servidor, se repuso y obtuvo el tercer lugar a solo medio punto del segundo.

Afuera del club llovía torrencialmente, incluso un apagón nos sorprendió cuando iniciamos la última ronda, pero nada de eso sirvió para que detuviéramos la actividad. Recuerdo al concluir el torneo conversé con la mamá del niño que había obtenido el segundo puesto y le decía si había valido la pena todo el tiempo de espera y tanta tensión. Me miro y me dijo muy contenta: ¡Claro que sí! ¡Gracias por organizar algo tan lindo!

Una merecida fiesta para un celebrar junto a los futuros maestros del ajedrez un aniversario más de alegrías y victorias.

Para concluir, el recuerdo de un niño que luego escribiría sus memorias en el libro My Chess Career. Una anécdota muy conocida pero nunca tan verídica como contada por su propio protagonista, José Raul Capablanca.

"Apenas iba a cumplir cinco años cuando por accidente entré a la oficina de mi padre y lo encontré con otro caballero. Nunca había visto un juego de ajedrez; me interesé y volví al día siguiente a verlos jugar. Al tercer día, mientras observaba, mi padre, apenas un principiante, movió un caballo de un cuadro blanco a otro del mismo color. Su adversario -sin dudas del nivel similar- no se dio cuenta. Mi padre ganó y entonces yo le dije que era un hombre tramposo y me reí. Me preguntó qué sabía yo de ajedrez, a lo cual repliqué que podría ganarle la partida. Mi padre me dijo que era imposible, pues me consideraba incapaz de colocar las piezas. Sin embargo, ensayamos y le gané”

Elaborado por Roberto Mayor
Presidente del Club de Ajedrez Capablanca de La Habana
 


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