Ibn Ezra y el ajedrez

por Sergio Ernesto Negri
22/10/2020 – Cuando se repara en la importante tradición literaria en materia de ajedrez producida en territorios de lo que, con el tiempo, se convertirá en el Reino de España, sin dudas que lo primero que se debe mencionar es el extraordinario y bello Juegos diversos de Axedrez, dados, y tablas con sus explicaciones, ordenados por mandado del Rey don Alfonso el sabio, obra adjudicada a Alfonso X de Castilla (1221-1284) que fue clave, a partir del esfuerzo de compilación que comporta, para la difusión del noble pasatiempo. Artículo por Sergio Ernesto Negri. | Imagen de la placa en la entrada de la sinagoga Ben Ezra del barrio copto de El Cairo (Egipto), donde se cree que apareció Moisés cuando bebé, foto de Hugo Orlando López (diciembre de 2019)

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El rabí Ibn Ezra concibe en el siglo XII una poesía sobre el ajedrez que es un virtual (y muy temprano) reglamenteo del juego

Pero habrá que esperarse, al menos en esos territorios, a que aparezca Repetición de amores y arte de ajedrez, de Luis Ramírez de Lucena (1465-1530), el que fue editado en Salamanca en 1497 y, el aún anterior, mas lamentablemente perdido, de Francesch Vicent (1450-1512), un incunable de 1495 publicado en Valencia, para disponer de textos técnicos en los que se comienzan a contemplar con precisión las reglas del ajedrez.

En la misma línea, aunque en poesía, ya un esbozo previo de reglamento había surgido en 1474 con Scachs d'amor, un trabajo en idioma valenciano de Bernat Fenollar (1438-1516), Francisco de Castellví y Vic (falleció en 1506, sin fecha conocida de natalicio) y Narciso de Vinyoles (no se conocen datos de nacimiento y muerte), de cuyas estrofas se deriva el desarrollo de una partida concreta en la que se destaca la fulgurante aparición de la pieza de la reina.

Paralelamente, en lo que será Italia, tendremos de fines de ese mismo siglo XV De Ludo Scachorum, de Luca Pacioli (1447-1517), dando cuenta de un fenómeno de codificación que se estaba procurando hacer en distintos puntos del continente. En este caso es notable que el respectivo manuscrito parece contar con diagramas ajedrecísticos que se deben al genio del gran Leonardo da Vinci (1452-1519).

En este marco, hay que de todas maneras aclarar que el texto medieval más difundido, de todos los muchos que existieron en una época que fue muy floreciente para el ajedrez, fue el de Jacobo de Cessolis (muerto hacia 1322), un fraile dominico lombardo afincado en Génova quien compuso, entre 1300 y 1330, en latín, Líber de móribus hóminum et de officiis nobílium súper lúdum scacchórum.

Se trata de un texto que recoge los sermones que el religioso daba en clave moral a sus feligreses, teniendo como punto de partida situaciones que tenían que ver con el ajedrez, el que fue traducido y llevado a distintas geografías europeas convirtiéndose, de hecho, en la máxima expresión de difusión del juego en su tiempo (y en los venideros). En él se establecen las características principales de su práctica.

Todos estos textos, que aparecieron primero bajo el formato de  manuscritos, siendo recogidos más tarde en libros, esos que fueron posibles gracias a la invención de la imprenta,  fueron particularmente importantes, no sólo para contribuir a la difusión del ajedrez sino, también, para la búsqueda de su uniformidad reglamentaria habida cuenta que se lo venía jugando con la vigencia de distintas reglas en puntos diversos del continente.

Por otro lado, en ellos se habrá de contemplar la presencia de una nueva figura, la de la reina, a la que se dotó en una segunda instancia de movimiento ampliado, aconteciendo lo propio con el alfil (que en las versiones orientales previas, tenía una movilidad muy restringida). El pasatiempo, entonces, con esas modificaciones que se terminaron por consagrar a comienzos de la Edad Moderna, irá adquiriendo su forma más moderna, dinámica y definitiva.

Con toda la relevancia que se les debe reconocer a estas obras hay que consignar que, ninguna de ellas, fue la primera en incluir menciones literarias sobre el ajedrez en cuanto a la determinación de sus reglas.

En efecto, ya no en idioma castizo, sino en el más hermético y antiguo hebreo, existe un texto escrito en poesía, que se remonta al siglo XII, en donde se habla, y con toda precisión, de las características del juego que había ingresado a la península ibérica tiempo atrás acompañando el proceso de conquista musulmana.

Será, como Alfonso X, otro Sabio, el que se ocupará en ese espacio también del  ajedrez. Se trata de alguien que supo definir la división del planeta en dos partes iguales, a partir de la concepción del Equador, Abraham ben Meir ibn Ezra (c. 1089-1167), un notable intelectual judío andalusí, conocido como "ha-Sallaḥ" (“escritor de penitencias”), quien se destacará interpretando la tradición de los libros sagrados, el que asimismo hizo contribuciones en astronomía, filosofía, gramática, ciencias y en muchos otros campos del saber.

En un poema que no tiene fecha exacta de datación, constituido por 75 versos, el que en la traducción al español lleva el título de Versos sobre el juego de Alxedrez, el rabí hace una muy adecuada descripción del popular pasatiempo.

Ibn Ezra emigró prontamente de la península ibérica, en la que nació, más precisamente en Tudela (Navarra), y donde quizás moriría (en Calahorra, Castilla), aunque se ha especulado, con mucha fuerza, que ello pudo haber ocurrido más bien en la isla griega de Rodas (o incluso en Israel).

Durante su existencia, recorrió buena parte del norte de África (incluido Egipto) y otros puntos geográficos europeos (entre ellos Francia, Italia e Inglaterra). En ese devenir tuvo mucho contacto con la cultura árabe: de hecho su ciudad natal formaba parte de un emirato. Y, como bien se sabe,  el juego de šatranj, antecedente directo del ajedrez, era parte central de esa cultura, por lo que el rabí no le pudo ser indiferente.

Siendo así las cosas, en el contexto de una vida decididamente errante, a falta de datos certeros de lugar y fecha de producción del poema ajedrecístico de ibn Ezra, no es posible adjudicarlo a un territorio geográfico concreto.

Por ejemplo, si su fecha de concepción fuera la de 1140, como se ha asegurado, correspondería al periodo italiano del autor. Mas, si fuera de 1120, y así también se lo ha sostenido, en ese caso podría ser adscripto a su estancia en el territorio de la península ibérica de la que era oriundo.

La primera vez que se lo publica ocurre recién cuando Thomas Hyde (1636-1703) lo incluye en un libro de fines del siglo XVII denominado Mandragorias, seu Historia shahiludii ... De ludis Orientalium libri primi pars prima, quæ est Latinatomando, en donde aparecen trabajos de diversos autores.

En lo que respecta al correspondiente a ibn Ezra, el reconocido orientalista inglés reproduce el poema, en hebreo original, agregando una traducción al latín. Será sobre este material original que se habrán de basar todos los estudios ulteriores, entre ellos el que presentará en el siglo XVIII Joseph (José) Rodríguez de Castro (1739-1789), un bibliógrafo español que tilda de exquisito el trabajo del rabí, diciendo: “por su concisión, estilo y artificio es pieza que ha merecido grandes elogios de doctos estrangeros (SIC)”). Este  estudio se transformó en un canon sobre el tema de la producción literaria antigua integral de los rabinos españoles, entre los que ibn Ezra ocupó un lugar muy destacado.

Además existe, y se ha tenido a la vista y consultado, una versión muy concordante respecto de la presentada por Rodríguez de Castro que se le debe al autor judío y polaco Léon Hollaenderski (1808-1878), quien tradujo del hebreo al francés el poema del rabí, en una tarea que fue validada por el Grand Rabbin du Consistoire central de Francia Salomon Ulmann (1806-1865).

En cuanto a su contenido, el poema refleja la forma árabe con la que se practicaba el ajedrez en Europa en ese tiempo, desde luego sin la pieza de la reina, ni la posibilidad del enroque (aunque hubo algunos autores que creyeron ver que esta posibilidad había sido sugerida por ibn Ezra) y admitiéndose la coronación del peón, el que se podía transformar en ferz (el visir oriental).

Los nombres que se le dan a los trebejos son: raglí (para el peón o el integrante de la infantería); fil o פיל (elefante o alfil); sus o סוס (caballo); ruj (torre o roque, siguiendo la denominación del original en sánscrito); férez (ferz), y melej o מֶלֶךְ (rey). En la versión en latín de Hyde se habla de: pedites (peones o infantería); elephas (elefantes o alfiles); equi (caballos); ruc (torre); pherz (ferz); rex (rey).

Sobre el formato del tablero, no se señala expresamente que fuera de forma escaqueada, lo que está perfectamente en línea con la tradición oriental que imperó en India, Persia y el mundo árabe, que no la contemplaba.

Desde el punto de vista conceptual, se presenta al juego como el clásico conflicto de batalla, en este caso representando las disputas que existían entre dos  pueblos vecinos: los idumeos (edumeos o los de Edom) y los cusitas. Aquel, era de origen estrictamente semita, y sus miembros habitaban en la zona del Levante mediterráneo. Para definir al otro, se emplea un  término que, en idioma hebreo, se les reservaba a los etíopes, correspondiendo a una población que integra, además de  a semitas, a los bereberes, conformando una nación que tuvo como locación el cuerno de África y parte de la costa sudanesa en el mar Rojo.

Sobre esta disputa, y en tren de identificar a sus protagonistas, se anuncia:

“Quien los vea revueltos en la lucha,

Sin repugnancia mucha

Discurrirá, que el uno es Edumeo,

Y el contrario Cuseo…”.

El poema, con la rima métrica deseada, y tal como lo presenta Rodríguez de Castro, incluyéndose palabras en español antiguo, comienza diciendo:

“Cantaré la Batalla celebrada,

Por los antiguos Sabios inventada,

Que con juicio y prudencia la idearon,

Y en ocho órdenes la formaron;

Y para cada orden destinadas

Hay ocho divisiones concertadas

En un solo Tablero; y divididas

Las órdenes  en quadros repartidas”.

Además de esta versificación, se presenta una alternativa en prosa, que es desde luego más literal, la que comienza diciendo:

“Cantaré cántico y batalla dispuesta 

Antigua, instituida por la antigüedad.

La dispusieron sugetos prudentes é inteligentes

Que la distribuyeron en ocho órdenes,

Y para cada orden están destinadas

Ocho divisiones en el Tablero.

Estos ordenes están repartidos en quadros (…)”.

Como se aprecia, al juego se le reconoce una gran antigüedad, mas no se dan pistas de su origen; y se lo asocia al ejercicio de la inteligencia o la sabiduría, lo que estaba en sintonía con el hecho de que, en la Edad Media, su práctica estaba recomendada en la educación de los caballeros y los integrantes de las cortes.

En la mirada de Hollaenderski, quien titula su traducción Sur Le Jeu Sha´h –Mat (Échecs),  el relato comienza en igual sintonía a esta guisa:

Je chants dans mes vers une bataille en régle, dont lée remonts aux temps les pius reculés”.

(“Canto en mis versos una batalla en regla, cuya leyenda se remonta a los tiempos más remotos...”).

El poeta imagina una batalla en la que no hay espadas ni sangre, ya que se trata de una “lid de entendimientos”, una guerra de ideas, en definitiva, por lo que comporta la virtualidad de un simulacro. En esa hipótesis cabe inferirse que el juego permite sublimar en las personas, a partir de su práctica, las agresividades que no debieran ser aplicadas a otros campos de la cotidianidad (incluidas las guerras).

Las distintas fuerzas son introducidas, una a una, comenzando por la pieza mayor (e insustituible), la del monarca, sobre la que se dice (de aquí en más siempre tomaremos la modalidad en verso, por su mejor sonoridad):

“Los Reyes, que á la Guerra se convocan;

Todos á la pelea se previenen,

Y en sus Reales los Reyes se mantienen,

O ellos mismos caminan adelante (…)”.

En cuanto a los peones (les fantassins, o la infantería, conforme Hollaenderski), son referidos de este modo:

“Siempre la Infantería va delante

A pelear enfrente vigilante,

Caminando derecha por el frente;

Bien que puede valiente,

Volverse á interceptar á su contrario,

Y cogerle por otro rumbo vario:

Mas por otro motivo mientras anda,

Retroceder no puede en su demanda,

Ni sus pasos torcer (…)”.

Pareciera que se prevé la posibilidad del movimiento inicial a dos casillas del peón, al decirse:

“Pero si en el principio quiere acaso

Asaltar al contrario; en este caso

Puede por qualquier lado de los sabidos

Tres órdenes para esto prevenidos (…) “.

Sin duda alguna, se postula la posibilidad de coronación (en pherez), al expresarse:

“Si por ventura andando

Mucho de su lugar se va alexando,

Y hasta el orden octavo se ha subido,

Como si fuera Pherez distinguido,

Podrá entonces volverse,

Y libre en todas partes revolverse (…)”.

Con relación al visir, al que en hebreo llama, respetando su origen árabe (donde se lo denominaba firzān), con el mentado nombre de pherez, pieza a la que, como quedó dicho, también puede acceder el peón en el caso de arribar a la octava fila, se asegura:

“Quando el Pherez camina, tiene entrada

En todas quatro partes señaladas…”.

Es curioso, aunque del todo impropio, ya que no respeta el espíritu original de ibn Ezra que, cuando Hollaenderski se refiere a esta pieza, se encarga de “aclarar” que el pherz, así la llama, equivale a la reine, una asociación que sólo será admisible en tiempos venideros.

Queda claro que se consagra la idea del movimiento restringido de la pieza que antecedió a la de la reina la cual, y así también sucedía con su antecesor, sólo podía movilizarse una casilla en diagonal. Por lo que, lo de “quatro partes” alude a que, desde su posición primigenia, el pherez se podía desplazar únicamente a cuatro casillas posibles.

Del alfil (elefante, en la versión original; y hay que reparar que alfil deriva del  árabe original: al-fil o pīl, o sea el elefante), se dice:

“Y se acerca constante,

 Y en qualquiera costado

Como un Acechador se pone al lado:

Su entrada es como Pherez, pero tiene

La primacía allí que le conviene,

Y aquel solo camina en tres maneras,

Y puede andar tres casas ó carreras.”.

El elefante, al igual que el pherez, con el que se lo compara, tenía también un movimiento en diagonal, pero no tan restrictivo, ya que se desplazaba desde la inicial dos casillas (saltando la intermedia), y por ello lo de “tres casas ó carreras”.

Desde luego, aún no es admitido el movimiento convencional del futuro alfil, un proceso de dinamización que se dará en Europa sólo posteriormente. Hollaenderski habla en este caso de éléphant, del todo concordantemente, mas no se priva de asignarle, a la vez, el nombre que esa pieza recibió en territorio galo: el de fou.

Por su lado, al caballo (cheval o cavalier para Hollaenderski), se lo describe así:

Es el pie del Caballo muy ligero

En el juego guerrero;

De suerte que andar puede satisfecho

Por qualquiera camino no derecho;

Y sus ligeros pasos desmedidos,

Aunque no son por cuestas, son torcidos;

Y en tres casas tan solas se previene,

Que su término tiene.”.

Como se verá, una forma algo no del toda clara de mentar el movimiento del sinuoso corcel el cual, desde los prototipos iniciales del juego, siempre se desplazó del mismo modo, de una forma tan fantasiosa que, por momentos, es difícil de explicar en palabras. Aún para el poeta.

En el caso del roque (la torre), la pieza más poderosa de todas en esa época (en Hollaenderski: rou´h y también tour), teniendo en consideración la potencia de su movimiento, le reserva estos versos:

“Entra el Roque derecho en su camino,

Por el campo, y con rumbo peregrino

A lo largo y lo ancho muy medidas

Busca solo veredas no torcidas:

Siendo en todo perfecta

Su senda nunca obliqua, y siempre recta.”

A pesar de los dolores que se genera en toda batalla, en la que: “Todos al fin se matan mutuamente”, ibn Ezra plantea, muy equilibradamente, que a veces ganan unos:

Hay ocasiones en que victoriosos, / Los Cuseos al fin quedan victoriosos”), y otras en que lo hacen sus rivales: “Y otras, en que triunfantes prevalecen, / Y los otros perecen”.

Se presenta la situación de peligro real derivado del jaque: Con ella se hace el Jaque; / y perecen con él en el ataque” mas, tras la sangrienta lid, en la que uno de los reyes cae, el poeta hace una hermosa y esperanzadora invocación: la de que siempre hay revancha en el camino, lo que se aprecia en los versos postreros de su poema:

“Mas con todo animosos

Volverán á la lucha valerosos:

Y resucitarán todos los muertos

A tener en la guerra más aciertos”.

Está del todo claro que el poema del rabí tiene, además de su belleza intrínseca, la intención de dar pistas sobre el juego. Por ello ha sido considerado, con toda justicia, como un virtual y muy temprano reglamento ajedrecístico.

Incluso se lo sindicó como el primero de todos, al menos en lo que respecta al continente europeo, habida cuenta de que se anticipó a otros que en la misma línea surgieron en Inglaterra. Aquí aparecieron De scaccis, que es de 1180, atribuido a Alexander of Neckham (1157-1217), en donde entre otras consideraciones de interés ya existe mención a la pieza de la reina (regina, en el original en latín), y el Winchester Poem (De Shahiludio: Poema tempore Saxonum exaratum, conforme su título en el latín original), que es aún anterior (aproximadamente de 1150), en cuyas 36 líneas se describen, siempre poéticamente, el movimiento y la forma de captura de las piezas.

Sin embargo esta consideración, la de preeminencia absoluta de versos sobre el juego de Alxedrez de ibn Ezra, debe ser objeto de interpelación, a poco de recordar la existencia de Versus de scachis (Versos sobre el ajedrez), un poema de título bastante similar en el que también se dan, y en ese caso sí podría asegurarse con certeza, al menos en el actual estado de investigación, que es el pionero en dar precisiones respecto del pasatiempo real que había ingresado a Occidente.

Esta otra obra, que fue escrita en latín, se cree que hacia fines del siglo X, apareció en el marco territorial del Sacro Imperio Romano Germánico, más precisamente en la localidad de Einsiedeln, donde se halla un antiguo monasterio, ubicado en el actual Cantón de Schwyz (Suiza), en el que se preservan al día de hoy dos manuscritos, identificados como MS Einsidlensis 365 y MS Einsidlensis 309.

En ellos se habla de las piezas del juego, se dan indicios en cuanto a que no se emplea el dado (como sucedía en algunas modalidades previas de prototipos de ajedrez), se dan detalles de la disposición de los trebejos en el inicio y se da cuenta de la forma de su movimiento.

Por ejemplo, sobre la ubicación del rey y de la reina (¡y que se mencione a la pieza con rostro de mujer es toda una novedad y hallazgo!) al comienzo de la batalla, se aclara:

”In quorum medio rex et regina locantur”.

Que el ajedrez sea recreado literariamente por primera vez en un texto originado en el centro europeo,  es un hecho muy curioso si se considera que su ingreso al continente se dio, con toda seguridad, a través de los extremos: por España, Italia y Bizancio. No obstante, conforme la datación de Versus de scachis, que es inequívoca, en el sentido de que es de fines del primer milenio adquiere, pese a su desusada localización, y dada su antigüedad, la calidad de fundacional. Al menos en lo que respecta a la tradición cultural europea.

Un dato central de este trabajo, y ya ha sido apuntado (lo que lo diferencia con el de ibn Ezra), es que ya se presenta a la pieza de la regina. ¿Esto significa que ya se había reemplazado, al antiguo visir (ferz), que era prototípico de las versiones orientales del juego y exótico a Occidente? Por lo pronto, el movimiento de la reina era idéntico al del consejero real, o sea que aquella sólo podía avanzar una casilla en diagonal.

Con todo, y dado que referencias sobre la presencia de la figura de la soberana en el juego fue haciéndose en distintos puntos del continente algo más tardíamente (particularmente en España, que parece que en esa materia quedó algo relegada respecto de lo que sucedió en Francia e Inglaterra y, por lo visto, en la Europa Central), podríamos abrigar la hipótesis, en ausencia de otros elementos de análisis conincidentes, de que su mención en Versus de scachis puede responder más bien al reconocimiento del patronazgo de alguna de las emperatrices que eran protectoras del Monasterio en el que surgió el texto, y quizás no en calidad de reflejo de cómo era la práctica concreta del ajedrez en ese tiempo y lugar. 

Se desconoce quién es el autor de esa composición lírica: “opera sine nomine scripta”, como reza en su encabezado. En ella se presenta al tablero en su forma escaqueada, lo que es toda una novedad, si se compara ese hecho con lo que sucedía en las versiones orientales (que no lo contemplaban), y con lo que habrá de registrar muy ulteriormente ibn Ezra.

Por otra parte, se indica que los colores de las piezas eran blancas y rojas, y no blancas y negras (como se impondría luego en el mundo cristiano), o negras y rojas (como era usual en Oriente).

Además, se preveía la posibilidad de coronación del peón, permitiéndose que se transformara en reina, siempre que la original hubiera desaparecido previamente del tablero (no sea cosa que la rigidez moral de la época se viera afectada ante la posibilidad de que se generara algún episodio de bigamia).

Consiguientemente, los trebejos consagrados en Versus de scachis son: rex (rey); regina (reina); curvus o count (anciano, o sea el futuro alfil: la idea de curvo se asocia a la posición inclinada de la espalda característica de la ancianidad, mientras que lo de count remite al estatus de conde); eques (caballero o, como se conoce a la pieza en el mundo hispanoparlante y en otras naciones, caballo); rochus o margrave (torre y, en el caso de margrave, correspondiendo al título de marqués que se le solía dar a algún comandante militar); y pedes (pies, o sea el nombre apropiado para designar a los peones).

Estas expresiones, de claras raíces latinas, pueden hacer pensar que el ajedrez ingresó a los territorios del corazón de Europa no quizás por España (donde las denominaciones tuvieron en principio derivación fonética de las formas en que eran mencionadas en idioma árabe) sino que, más probablemente, podría haberlo sido desde el sur, ya sea a través de la península itálica o, tal vez con más probabilidad, directamente desde Bizancio.

Abonando esta tesis, hay que decir que precisamente de esos lugares provinieron, respectivamente, las emperatrices Adelaida de Italia (c. 928-999) y Teófano Skleraina (c. 955-991), a alguna de las cuales pudo haber estado dedicado el poema.

A título ilustrativo, reproducimos los dos primeros versos de las 98 líneas que lo componen:

“Si fas est ludos abiectis ducere curis

 Est aliquid, mentem quo recreare queas...”. 

El poema ajedrecístico de Abraham ibn Ezra, entonces, por la previa existencia de Versus de Scachis, no puede ser considerado como el primer trabajo literario en surgir en Europa en la senda de dar señales sobre la forma en que se jugaba al ajedrez. A pesar de ello, la obra escrita por el rabí, en idioma hebreo, es de una notable relevancia.

Es que, a partir de ella, y en una fase muy precursora de su existencia, se supo registrar, con todo detalle y precisión, la forma en que se debía disputar un pasatiempo proveniente de la cultura árabe, ese que fue aceptado con fruición en el continente europeo durante la Edad Media. En ese marco este trabajo sirve de referencia ineludible a la hora de estudiarse la evolución que tuvo la popular práctica en continente europeo.

Por ende, el aporte de ibn Ezra decanta por ser muy valioso, y de todas formas pionero, al menos al haber sido la primera mención escrita en la materia que corresponde a un hijo de la cultura hispánica, un entorno en el que el milenario juego ingresó tempranamente, correspondiente a una geografía en la cual luego se darían bases sólidas para su difusión, modernización y, en definitiva, la universalización de su práctica.

Fuentes bibliográficas:




Sergio Ernesto Negri nació en la ciudad de Buenos Aires, Argentina. Es Maestro FIDE. Desarrolló estudios sobre la relación del ajedrez con la cultura y la historia.
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