Thomas Middleton: el ajedrez en el centro del teatro político

por Sergio Ernesto Negri
23/12/2020 – Si Shakespeare, en teatro en particular, y en la literatura más en general, fue uno de los máximos creadores de todos los tiempos, al menos en el campo de la dramaturgia tuvo un compatriota contemporáneo con el que debió compartir prestigio: Thomas Middleton (1580-1627). Artículo por Sergio Ernesto Negri, publicado en Ajedrez Latitud Sur.

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Tercer Acto (antes de la caída del telón): Thomas Middleton, el ajedrez en el centro del teatro político

Para más se cree que habría sido posible que hayan compartido la autoría de algunos trabajos, en particular Timón de Atenas y  All’s Well that Ends Well. Otra obra que se le atribuyó en su momento a Shakespeare, A Yorkshire Tragedy, ahora se prefiere adjudicársela a Middleton, prueba cabal de que esas plumas eran de tal valía en su tiempo que podían generar esta suerte de equívocos.

Middleton, a quien se lo ha reconocido en la isla como: “Nuestro otro Shakespeare”, tuvo con el ajedrez un vínculo bastante más profundo y relevante respecto de lo hecho por su prestigioso colega, en particular ya que la última de las obras de aquel, a la que se considera un drama patriótico de notable repercusión, lleva precisamente como título A game at chess (Una partida de ajedrez).

Se trata de un producto adscripto al teatro político, estrenado en el prestigioso Globe Theatre de Londres el 6 de agosto de 1624. Tuvo continuidad en las representaciones, en una época en la que las obras no duraban más de dos o tres días en cartel, durante nueve jornadas consecutivas (aunque hay que exceptuar un domingo intermedio dedicado al descanso). Se sabe que fue vista por, al menos, unas tres mil personas en cada una de sus nueve escenificaciones y, por su contenido, fue motivo obligado de conversación en la capital inglesa.

Ello fue así por los sentimientos nacionalistas que supo reflejar, en el contexto de relaciones tensas con España con la cual, en los años previos, el rey Jacobo I de Inglaterra y VI de Escocia (1566-1625), a pesar de la oposición de muchos de sus súbditos, había tratado de establecer vínculos más estrechos con la corona dirigida por Felipe IV (1605-1665).

Se había verificado lo que en la isla se denomina Spanish match, es decir unas tratativas, vistas como un encuentro (¡como una partida de ajedrez, porqué no!), por cierto fallidas, que insumieron un decenio, por las cuales se pretendía unir en matrimonio al  príncipe heredero del trono, el futuro rey Carlos I de Inglaterra y Escocia (1600-1649) con la Infanta María Ana (1606-1646), hermana del monarca español. Esta, con el tiempo, tendrá otro destino regio, ya que se habrá de convertir en Emperatriz del Sacro Imperio Romano Germánico, tras casarse con Fernando III de Habsburgo (1608-1657).  

Los tiempos previos no habían sido del todo felices para las relaciones bilaterales. Se venía de una invasión española al Palatinado de 1620-1622, oportunidad en la que se desplazó del poder al esposo de una hija de Jacobo I (quien fue acusado por sus súbditos de pasividad), lo que derivó en que en 1624 Inglaterra suscribió un tratado con los Países Bajos en el marco de la guerra de Flandes, tratando de poner coto al avance español.

Buscando cierto estado de paz, y para mejorar las relaciones con una potencia empoderada por los recursos materiales obtenidos por la conquista de América (y su expoliación), inició esas tratativas para unir a connotados integrantes de ambas coronas. Incluso llegó a ofrecerse la libertad de culto en la isla y liberar a los sacerdotes católicos en prisión, en el contexto de las divergencias de fe imperantes en ambas naciones y el trato de las minorías que no profesaban el culto predominante.

La obra de Middleton recreó, entonces, el estado de tensión de esas potencias y esa pretensión de enlace matrimonial, valiéndose para ello de la parábola de una partida de ajedrez con rivales de trazos gruesos y con un resultado esperable que no podía ser otro que agonal. De un lado, los buenos, los ingleses, quienes jugarán con las piezas blancas; mientras que les corresponderán las negras a los españoles, a los que se caracteriza de la peor forma posible, lo que motivará la furiosa y esperable crítica del embajador español, generándose el levantamiento de la obra e, incluso, la orden de captura contra los actores y el autor.

Si bien todas las figuras que aluden a los hispanos fueron destacadas en sus rasgos negativos, particularmente el enfoque satírico apuntó al anterior embajador de España en Londres, el conde de la Casa de Gondomar, Diego Sarmiento de Acuña (1567-1626), quien estuvo comisionado en Inglaterra entre 1613 y 1622 y al que se lo acusaba de haber logrado influenciar demasiado al rey inglés.  

Otra figura de ese bando a la que se exhibe con rasgos destacados, es Ignacio de Loyola (1491-1556), el futuro santo, a quien no precisamente se lo presenta aquí en sus virtudes, ya que se lo exhibe ambicioso, ya que pretendería una Iglesia universal, por lo que se teme que quiera apropiarse de Inglaterra para la causa española. Al creador de la Orden de los Jesuitas (la que será particularmente perseguida por Isabel I de Inglaterra (1533-1603), una reconocida jugadora de ajedrez por otra parte), se lo exhibe, asimismo, demasiado preocupado por los placeres terrenales…

Loyola, como no podía ser de otra manera, es presentado en tanto alfil (obispo, conforme la nomenclatura del trebejo en idioma inglés), mientras que el Conde de Gondomar toma la figura del caballero (remitiendo a la pieza que para la lengua hispana corresponde al caballo). En este último personaje se centra buena parte de las invectivas del relato, ya que se lo considera una suerte de Nicolás Maquiavelo (1469-1527), personalidad a la cual los ingleses consideraban el compendio de todo lo que no se debía ser.

En cualquier caso, una de las críticas más profundas que se le hizo al catolicismo en este trabajo de Middleton tuvo relación con las tarifas que se fijaban para los pecados, los que podían ser redimidos mediante el pago de sumas diferentes conforme su grado de relevancia, conforme lo establecido por el poder religioso. En cierto momento se presenta en acción una conducta disvaliosa no contemplada y, para obtener el perdón, el causante cometerá un asesinato, ya que ese crimen sí estaba previsto y, “gracias” a  él,  pagando obviamente la suma preestablecida, podrá ahora sí continuar con su existencia sin culpa alguna.

La obra de Middleton tuvo varias ediciones y manuscritos: el Trinity Manuscript O.2.66, uno de los más reconocidos,  comienza diciendo “What of the Game cald Chessplaye can bee made/to make a Stage-playe shall this daye bee played,/first you shall see the Men in order set/States and theire pawnes, when both the Sides are met;…”, en un ingles de la época que, claramente, guarda distancias del actual. Aunque se lo comprenda perfectamente.

Al principio del relato aparece el ambicioso Loyola (“Yo me daría las reglas a mí mismo, más que observar reglas ajenas”), mostrándose muy sorprendido de que Inglaterra no hubiera aún caído bajo la influencia del Catolicismo. Su sirviente, nada ambiguamente llamado  Error (nombre muy sintomático, en clara referencia castiza, que indica claramente de qué lado estaba la verdad y de cuál la mentira), se despierta diciendo que ha soñado una partida de ajedrez, juego al que define como “el más noble de todos”.

Aquel pedirá ver cómo evolucionó ese sueño por lo que, a continuación, van apareciendo todas las piezas de una partida en la que se enfrentarán Anglica (piezas blancas) e Hispanica (las negras). Así se dispone la trama. Y el conflicto. Las posiciones respectivas se conforman y reconfiguran. El conflicto dramático va creciendo, adquiriendo una característica terminal.

Varios cortesanos (aunque no sólo los españoles) aparecen sucesivamente ejerciendo la codicia, lascivia y glotonería, en particular el Obispo Gordo, otro alfil, originalmente blanco, personificación del dálmata Marco Antonio de Dominis (1560-1624), el Arzobispo de Split, un apóstata que había sido acogido en la corte inglesa por sus críticas a Roma, ciudad a la que luego volvería, en 1622, en muestras de una sinuosa conducta que fue tildada de traición (en la partida, consistentemente, pasará al bando negro). No habría que olvidarse que el movimiento del alfil, por ser en diagonal, solía interpretárselo como característico de una conducta no recta.

En cierto momento se muestra cómo un trebejo negro intenta seducir a una incauta dama (un peón blanco), para que cambie de causa. Hay un intento de violación que puede ser vista no sólo en clave sexual sino también política: como una violación de la soberanía del país al que el invasor español procuraba dominar, y del intento de la Iglesia Católica de suplir a la Anglicana.

Las piezas negras son presentadas con particular libidinosidad, frente a una preferencia de ascetismo de las blancas marcando que, para aquellas, el sexo era un instrumento tanto de fuente de placer como un arma que evidenciara el poderío ejercido sobre los otros (las otras, más precisamente, aunque también hay escenas de sodomía).

Curiosamente, desde el punto de vista ajedrecístico, la iniciativa la tienen las piezas negras, las que se muestran muy activas en conseguir sus propósitos. Las blancas, inversamente, son demasiado pasivas, al menos hasta el desenlace, lo que en cierta mirada no deja bien parado a Jacobo I que parece no saber repeler los avances del rival. No habría que dejar de decirse que, frente a la cuestionada actitud del monarca, en la isla los puritanos sostenían la tesis extrema de que español, católico y enemigo eran sinónimos. Este ideario fue, en definitiva, el retratado por Middleton en su trabajo.

Desde luego que Jacobo era representado como el rey blanco de la partida, siendo el del contendiente Felipe IV. Frente a la excesiva tolerancia de aquel, el héroe en todo caso es el futuro Carlos I, uno de los caballeros de las blancas, en una lucha en que tendrá como escudero a George Villiers (1592-1628), el duque de Buckingham (y hay que recordar que en el ajedrez inglés se podía reemplazar a la pieza de la torre por la del duke). A este, no obstante, no se lo presenta en forma demasiado virtuosa: es glotón, demasiado preocupado por las mujeres y, en definitiva, tiene a conductas licenciosas.

Este perfil menos complaciente para el duques puede deberse a que, en la realidad histórica, los nacionalistas primero lo valoraron, y mucho, por su desempeño en la causa contra los hispanos; pero no le habrán de perdonar que, más tarde, alentara la boda de Jacobo con una princesa francesa ya que esta también era de fe católica.

Las respectivas piezas de las reinas en la partida no tienen figuración tan clara. Por un lado, la de las blancas no podía ser Ana de Dinamarca (1574-1619) dado que hacía cinco años, respecto de la representación de la obra, había muerto. Por lo que pudiera ser entonces Isabel Estuardo  (1596-1662), la hija del rey. Por el otro lado la reina negra debería ser Isabel de Francia (1602-1644), la primera esposa de Felipe IV. Sin embargo hay una teoría más sugerente: ambas Reinas en rigor representan a otra figura maternal, la de las respectivas Iglesias, lo que le da a su intervención características más inquietantes.

La obra es un compendio de expresiones satíricas que juegan con los dobles sentidos, muchos de índole sexual, reforzando la idea de que se está en el género de la comedia, y apelando a las risas de los espectadores. Mas el trasfondo es la ambición de las piezas negras de quedarse con todo, valiéndose para ello de todas las tácticas posibles, incluidas las derivadas de la corrupción, para dominar a unas pieza blancas que pueden aparecer más incautas, frágiles e inocentes. Allí se instala la fuerza del drama y del conflicto diplomático en ciernes que excederá el ámbito de las tablas teatrales. 

Dentro de la oscuridad de la descripción de los comportamientos de las negras, que remiten a actitudes maquiavélicas, perversas, diabólicas, tal vez el punto más  tenebroso resida en el planteo sobre el tramo final, en el que se alude a un lugar en donde se depositaron seis mil cráneos de bebés, supuestamente abortados por las monjas (como se expresa en otro pasaje del texto), los que fueron hallados en un estanque de peces en las ruinas de un convento.

Se habla en su transcurso de un juego de la sangre (blood game) que, tanto podía aludir a las consecuencias penosas de una batalla, como a los entrecruzamientos de las relaciones de personas en busca de incrementar el poder de sus respectivas monarquías a través de la unión conyugal. El mentado English match. El jaque mate, por su lado, se le podía dar a quienes se considera “enemigos de la virtud” (“you shall see Check-Mate giuen, to Vertues Foes”).

Se dice, en diversos momentos, que el destino de algunas piezas es que “vayan a la bolsa” (clara alusión a lo que sucede en las partidas de ajedrez con los trebejos capturados), pero aquí es una metáfora de “ir al infierno” y no tanto de fin del juego de la vida (sin especificaciones morales). En dirección parecida, cuando se menciona que “Los peones que se pierden quedan por siempre fuera de juego / Estoy perdido, me han capturado” queda claro que, si bien las piezas se mueven de a una vez, las consecuencias del accionar pueden ser eternas.

La palabra game, en el inglés de la época, tenía diversas connotaciones posibles. Además de juego en general, y partida en particular, como hoy también podría apropiarse ese término, se la asociaba a la idea de erotismo (y en particular de la prostitución) y a una posible acción de caza. Middleton, siempre fue dicho, era muy afecto a los juegos de palabra y los dobles sentidos; como bien lo destaca Ángel Pujante en La insinuación y el equívoco en A Game at Chess, de Thomas Middleton (Cuadernos de Filología Inglesa, Vol. I, 1985): “…la eficacia y transparencia de la metáfora no hubieran sido posibles sin el concurso de la insinuación y el equívoco”. 

En estas condiciones La partida de ajedrez del título de la obra de Middleton adquiere un sentido polisémico que, con el jaque mate proferido por las fuerzas blancas al cabo de todo, se redime a los que estaban del lado correcto (en la perspectiva del autor y del público londinense desde ya), haciendo que el cazador (el que pretendía dominar el mundo), termine siendo cazado.

El jaque mate debe ser entendido como un descubrimiento: el de las aviesas intenciones de las fuerzas negras por dominar el mundo e instaurar al Catolicismo como religión única universal. En cualquier caso, y así lo señala Roussel Sargent en Theme and Structure in Middleton’s ‘A Game at Chess (The Modern Language Review, Vol. 66, N° 4, 1971) , el autor inglés construyó una obra en forma muy habilidosa y, al hacerlo, usó al ajedrez con brillante efectividad.

A Carlos, el futuro rey y héroe de la situación, se le ofrecen una y mil cosas para que se pase al bando de las negras, en clara alusión a la demanda hispana de que el príncipe inglés se convirtiese al catolicismo y se case con la Infanta. Sobre el cierre este, y el duque de Buckingham, redimiendo los sufrimientos previos, harán acto de justicia y lograrán que el bien se imponga y, para satisfacción de los espectadores (particularmente de los nacionalistas), asestarán el deseado jaque mate para lo cual deberán antes capturar al caballo negro, ese  que remitía al conde de Gondomar. A este, el archi némesis, a los fines de ridiculizarlo, en la obra se lo llega a mostrar impiadosamente poniendo el acento en la fístula anal que efectivamente sufría.

Este trabajo de Middleton, como queda claro, fue fiel reflejo del estado de tensión anglo-hispana y, aún peor, puede considerarse que atizó el fuego preexistente. Poco después habrá, no una partida de ajedrez que enfrente a los contendientes, sino una guerra real, la que se terminó de declarar tras la fallida negociación personal del príncipe en su viaje a la península, el que inició en febrero de 1622 habiendo de regresar en octubre de 1623. En diciembre de este año, en vez de la boda prevista, hubo anuncio de la definitiva ruptura matrimonial, anticipando el conflicto bélico que sobrevendría poco después entre las naciones. Y, ya sabemos, la obra teatral analizada se estrenó en agosto de 1624. Todo concuerda, tiempo, espacio y mensajes ideológicos, para solaz de los nacionalistas de la isla.

El príncipe había ido a España de incógnito y disfrazado (es que se quiso evitar las críticas de quienes no querían saber nada con esa eventual alianza), para lograr el objetivo de unirse a la Infanta. Mas todo terminó en un sonoro fracaso. Podría decirse que esa situación está en línea con la propuesta de la partida de la trama que se presenta bajo el formato de un Gambito de Dama Rehusado). Al regresar Carlos, a quien le pidieron que se convirtiera al catolicismo, lo que era inaceptable, regresará a su patria con un radical cambio de posición: se transformará en uno de los más levantiscos, para solaz de los nacionalistas. Las armas se estaban entonces templando…

A la hora de su retorno, en Inglaterra se cantaba el salmo 114, ese que tan apropiadamente para las circunstancias comienza diciendo: “Cuando salió Israel de Egipto, / La casa de Jacob del pueblo extranjero, / Judá vino a ser su santuario, / E Israel su señorío. / El mar lo vio, y huyó; / El Jordán se volvió atrás”, pudiéndose en la parábola intercambiar perfectamente los pueblos (el israelita y el egipcio por el inglés y el español); con un Jacob que remite al propio Jacobo I, y un mar que se cierra, reflejando la necesidad de que no se una lo que debe quedar separado. Las asociaciones son evidentes máxime que, en idioma inglés, más que de “pueblo extranjero”, como en el original, la expresión usada ahora es la más contundente de “pueblo bárbaro”.

En cuanto a la obra teatral las funciones debieron cesar, al menos así se dijo formalmente, al haberse representado a reyes vivos (y cristianos), lo que estaba prohibido. Por supuesto que, tras la representación,  medió la consabida y esperable protesta diplomática que hizo el nuevo embajador español Carlos Coloma de Saa (1567-1637).

Leticia Álvarez Recio (en The White House en ‘A GAME AT CHESS’: el ataque de  THOMAS MIDDLETON a la política real, Atlantis, Vol. 22, N° 2), sin embargo sostiene una teoría diferente que resulta muy atractiva: su levantamiento pudo más bien estar vinculado a que el rey inglés se lo exhibe como un ser tibio, débil y, por ello, de algún modo irresponsable, lo que podía exaltar los ánimos contra el monarca.

En cualquier caso no habría que dejar de hacer notar que la obra fue debidamente autorizada, en el mes de junio del año de su puesta en escena,  por Henry Herbert (1594-1673), el funcionario encargado de la censura teatral, lo que hace especular que contó con el beneplácito de sectores influyentes de la corte que querían alentar los sentimientos nacionalistas de su pueblo, en particular al ver a Jacobo I demasiado influido por los españoles.

Además, el sentimiento no sólo era antiespañol sino también, y aún más amargamente, anticatólico. Y como había fracasado la unión del príncipe con la Infanta, ahora, al tiempo de la representación de la obra de Middleton, se lo quería vincular a la aludida princesa francesa católica, lo que también se quería rechazar. De hecho Carlos contraerá enlace con Enriqueta María de Francia (1609-1669) quien, empero, y en muestra clara del rechazo que generaba todo lo que tuviera perfume de catolicismo, nunca logrará ser coronada reina de Inglaterra dada su notoria impopularidad.

En cualquier caso Middleton aportó con su obra, alentado por figuras de la corte según se interpreta (esas que evitaron la censura de la obra y que lo protegieron cuando fuera levantada ante la protesta diplomática), a  la consolidación del clima de  hispanofobia reinante en la isla.

Se cree que A game at chess pudo inspirarse y apoyado en los panfletos escritos por el predicador Thomas Scott (1580-1626), en particular la segunda parte de su Vox Populi de 1624 (la primera es de 1620), en los que se planteaba una férrea oposición al premencionado Spanish Match y se hacían otras crudas consideraciones de un claro sentimiento antiespañol.

Es interesante que el conjunto que interpretó la obra, el famoso The King´s Men (ese nombre se acuñó en 1603 de un elenco antes conocido como Lord Chamberlain´s Men), el mismo que integró y fue el preferido de Shakespeare, para aumentar el realismo usó como vestuario ropajes que pertenecieron en la vida real al Conde de Gondomar y, en la escenografía, aparecieron su propio asiento y litera.

Por supuesto que, mientras que Middleton satiriza sin consideración alguna la figura de ese diplomático, en la traducción al español del texto, la que muy significativamente es prologada partiendo de la reproducción del comienzo de los sonetos Ajedrez del gran escritor argentino y universal Jorge Luis Borges (1899-1986),  se lo reivindica como una de las figuras más relevantes de la corona hispana en tiempos posteriores a los de Felipe II de España (1527–1598).

Este monarca es el mismo que, a fines de siglo XVI, había dirigido una guerra contra Inglaterra, en la que experimentó la derrota en el célebre episodio la Armada Invencible, en un tiempo en que intentó destronar a Isabel I de Inglaterra (1533-1603). Ese germen de enemistad fue el que su sucesor Jacobo I procuró revertir en su mandato. Por cierto, en la versión en nuestro idioma consultada, como era de esperar, no se deja de considerar como panfleto a este trabajo del autor inglés que deja tan mal parada a la causa española.

Al respecto, complejizando algo el análisis, el investigador Thomas Cogswell (Thomas Middleton and the Court, 1624: ‘A Game at Chess’ in Context., Huntington Library Quarterly, Vol. 47, N° 4, 1984) explora varias hipótesis, siempre en clave política, acerca de si el trabajo de Middleton lo decantó por convertirse en un peón de cuestiones diplomáticas de mayor orden (lo que en principio descarta), o si, alternativamente, hubo alguna clase de protección parlamentaria para el autor (lo que llega a admitir). Puntualiza, en línea con Álvarez Recio que, tal vez, el levantamiento de la obra pudo haber tenido como telón de fondo el hecho de que el monarca inglés, en una segunda lectura (no en la primera, la obvia del cuestionamiento de todo lo que rezuma a español), quede reflejado como tan incauto.

Sea como fuere, en la polisemia que suele caracterizar a toda obra cultural de fuste, el autor inglés generó un trabajo perenne que tuvo, desde el primer momento, una gran repercusión por su altísimo voltaje en términos de impacto político y que, a más largo plazo, permite trazar con precisión un clima de época que imperaba entre dos de las grandes potencias coloniales europeas.

Frente a lo acontecido en su tiempo, el Consejo Privado del Reino Unido, un grupo de asesores de Su Majestad, no dudó en abrirle una causa al autor de la obra, quien no volverá a escribir y tendrá una orden de captura (se escondió por lo que el que no fue apresado, lo que le sucedió a su hijo, aunque  muy brevemente), la que también alcanzó increíblemente a los actores. Al cabo de todo, serán absueltos,  dando evidencia de que el dramaturgo tenía  protección de gente muy poderosa del reino y de que el clima antiespañol venía en ascenso.

En el aquí y ahora será Carlos el beneficiado ya que, en el marco de la condescendiente mirada de la obra, asumirá como rey al año siguiente, en 1625, tras la muerte de su padre. Con el transcurso de los acontecimientos, las cosas virarían dramáticamente, las cosas no se presentarán plácidamente: quedó involucrado en la denominada Guerra de los Treinta Años; entró en sucesivo conflicto con España y Francia, los que fueron ruinosos en términos bélicos y económicos; se transformó en un tirano, pretendiendo gobernar sin el hostil Parlamento; elementos que decantaron en sendas guerras civiles, el apresamiento del rey y su ejecución, la primera decidida por un Parlamento británico, y la declaración de una breve experiencia republicana, que terminó en dictadura, hasta la restauración de la monarquía.

Frente a este vértigo de acontecimientos nos preguntamos cómo hubieran cambiado las cosas si aquel Spanish Match, el que fue tan desalentado por Middleton con su A Game at Chess, hubiera alternativamente prosperado…

Esta singular obra de Middleton puede ser vista como un hito cultural al saber reflejar un clima de época con precisión. Por otro lado anticipó, y quizás a su manera contribuyó, a que ulteriormente la historia tomara un curso de guerra definido, al librarse una guerra entre las dos naciones que por ahora se presentaban sólo como contendientes de una partida de ajedrez. La alegoría transformándose en realidad.

Su exitosa representación contribuyó a difundir un sentimiento patriótico y antiespañol y, de paso, descorrer ciertos velos de secretismo que rodearon a un rey que estaba, a ojos de los nacionalistas, demasiado comprometido con los extranjeros. Sobre la influencia ejercida por el embajador de ese país en Londres Thomas Cogswell concluyó que (en): “A Game at Chess: las aclamaciones que se profirieron en el Teatro Globo en 1624 claramente subrayaron lo que el gobierno pudo hacer y lo que optó por no hacer”.

Una obra teatral, entonces, con eje en el ajedrez, de vastísima repercusión, y con implicancias de política internacional e interna en su tiempo, lo que pone en evidencia no sólo la fuerza metafórica del juego sino, en este caso, su capacidad de influencia para representar y, de algún modo contribuir a modificar la realidad.

Curiosamente, en este caso el ajedrez invirtió su rol clásico, ese de poder canalizar las pulsiones violentas para alejarlas de ámbitos más reales que pueden comportar consecuencias nocivas. Aquí la obra prenuncia un conflicto terrenal y sangriento y, hasta podría creerse, que contribuye a su consecución.

En efecto, a fines de 1625, es decir pocos meses después de su estreno, el que se había dado cuando Jacobo VI estaba momentáneamente fuera de Londres, siendo desde marzo Carlos el rey (en sucesión debida a razones naturales), se desataría la guerra, esa que termina siendo inevitable cuando de ambos lados se imponen las voces más extremadamente nacionalistas. Y Middleton, y el ajedrez, quedarán por siempre vinculados a esos episodios históricos…

Si en la obra recorrida antes el ajedrez tuvo un papel tan central, también se destaca su aparición, mas en este caso solo a nivel de una escena y no como eje integral de la comedia, a diferencia del otro caso, en  Women beware women (Mujeres, cuidado con las mujeres), un trabajo previo (muy probablemente de 1623 o quizás incluso de ese mismo 1624 en que apareció A Game at Chess ), aunque fue publicado tras la muerte de su autor, en 1657.

La trama principal se basa en hechos reales:  tiene como protagonista a la duquesa Bianca Cappello (1548-1587) quien, primero, fue la amante, y luego la segunda esposa, de Francisco I de Médici (1541-1587), sabiéndose que el anterior marido de la dama había sido asesinado. El destino unirá a los nuevos amantes hasta el final ya que morirán al unísono, probablemente envenenados.

La escena que nos interesa, dado que en ella aparece el ajedrez, es la segunda del Acto II, la que  que transcurre en la casa de Livia, una viuda rica de la ciudad de Florencia que ayuda al duque a cortejar a Bianca, quien es encerrada por el marido celoso y temeroso cuando debía salir de su hogar. Allí se observa en una sala un tablero donde, la intrigante Livia (su especialidad era la de alentar relaciones ilegítimas), habla con varios personajes que se van incorporando, siendo el juego en principio sólo un inerte testigo de los parlamentos de los circunstantes.

El ajedrez, mas luego, adquirirá un mayor protagonismo cuando Livia, en principio, lo asocia (y también al pasatiempo de las damas), poniéndolo como ejemplo dentro de los cientos de trucos (engaños) posibles. Más tarde, evidentemente trazando el paralelismo con otras batallas, le pregunta a Bianca si no estaban ambas embarcadas en una vieja disputa que no tendrá final. Es en ese contexto que la dueña de casa la desafía a una partida, en cuyo desarrollo la convidada le reconocerá a su rival su “astucia en el juego”, la que evidentemente Livia desarrollaba dentro y fuera del tablero.

Siempre dentro de los meta-mensajes de tono ajedrecístico, se hacen alusiones de doble sentido mientras juegan, como ser: “el rey negro es mío”;  “esta es mi reina”; “aquí tengo un duque” (y hay que recordar que la pieza de la torre podía ser denominada con ese rango social); “tu peón no puede regresar para aliviarte”; “mi rey negro se apresura también todo lo que puede”. Pero Livia era claramente quien dominaba la situación, o al menos así ella lo creía, ya que le anuncia a su rival: “Doy jaque y mate a tu rey blanco”.

Este trabajo de Middleton comporta, por su desenlace, una intensa tragedia. Al cabo de todo, y en el marco de la boda de Bianca con su amante, se  sucederán otras muertes; entre ellas la del propio duque quien, por error, será envenenado por su flamante esposa. Esta, al advertirlo, también beberá de esa poción, sucumbiendo de inmediato.

Es posible que el autor, complacido por la fuerza dramática de aquella escena que tiene al ajedrez como protagonista, momento en el que se plantea el conflicto de las partes, hubiera luego imaginado extender esa influencia a una obra en su conjunto. Siendo así, Women beware women podría ser considerado el antecedente directo en el que se inspiró el autor a la hora de concebir A Game at Chess, como inteligentemente sugiere Roussel Sargent (enTheme and Structure in Middleton’s ‘A Game at Chess, The Modern Language Review, Vol. 66, N° 4, 1971).

Es de suponer que Middleton, para la elaboración de estos trabajos en donde el ajedrez hace acto de presencia, se pudo haber inspirado en una obra de John Fletcher (1579-1625), la que muy probablemente tuvo la coautoría de Philip Massinger (1583-1640) quienes, en la comedia The spanish curate (El cura español), usaron previamente al juego en la trama de una obra de teatro, la que se estrenó en Londres en diciembre de 1622, siempre por la agrupación del King´s Men.

Allí se presenta el conflicto de dos hermanos en España, suscitado por una herencia, viéndose en cierto momento a uno de los personajes que ingresa a escena con un tablero de ajedrez, desafiando a su contrincante, queriendo comprobar si era tan astuto como decía.

Los diálogos con sentido figurado están a la orden del día, como cuando se dice: “tu reina se encuentra a mi servicio” o, al verse que la dama en cuestión asume por sí misma el rol de jugadora, se la insta a mover con rapidez y ella, precavidamente, responde: “Estudiaré (la jugada de respuesta). Ya que si me ganas, te reirás de mí”. Más tarde, ejerciendo sus armas de seducción, le espeta a su rival: “Pero me puedes decir cómo evitar este jaque mate, y ganar también el juego”.

Por otra parte, todos los autores de teatro inglés de la primera mitad del siglo XVII seguramente fueron influenciados en caso de haber accedido al primer manual de ajedrez escrito en lengua inglesa, llamado The Famous Game of Chesse-Play, que es de Arthur Saul, un misterioso personaje al que se suele sindicar como espía. Ese trabajo fue publicado en Londres en 1614 y su autor habría sido hijo del homónimo y muy famoso clérigo fallecido en 1586 a quien, en 1617, se lo ubica como prisionero de una cárcel londinense en Newgate.

Desde ya se sabe que este libro es contemporáneo a las obras de teatro de Middleton, y su valor fue tal  que contribuyó a la difusión de un juego que no tenía, aún, gran predicamento en la isla, a diferencia de lo que venía aconteciendo en España e Italia.

Allí  se clasifican los tipos de mate, incluyéndose los mates escolares, los mates locos y las posiciones de ahogado, en las cuales perdía el jugador que ponía al otro en esa situación ya que: “El que haya puesto el rey de su adversario en ahogado pierde el juego, porque él ha alterado el curso del juego, que sólo puede terminar con el gran Jaque Mate”. En efecto, en el ajedrez inglés existía esa condición, inédita en la experiencia comparada europea: el rey ahogado no era señal de empate sino de derrota para quien ponía al monarca rival en esa posición.

Tras los tres actos: momento de la caída del telón

Lope de Vega, William Shakespeare y Thomas Middleton fueron, como se ha desarrollado a lo largo de este trabajo, los primeros dramaturgos en establecer un estrecho vínculo del ajedrez con el teatro, ya ingresados en los terrenos de la Edad Moderna.

Por su lado en la Edad Media, como el teatro había quedado circunscripto a representaciones de índole religiosa, la posibilidad de que decantara esa expresión cultural asociada al ajedrez era remota, pese a la gran difusión y el desarrollo evolutivo que tuvo el juego en una era que, al menos para el pasatiempo, distó de ser oscura.

En vistas de la imagen teatral que comporta no podemos dejar de mencionar, en este contexto, la obra Hypnerotomachia Poliphili (Sueño de Polífilo),  de Francesco Colonna (1433-1527), a quien le hemos dedicado otro trabajo (de próxima publicación en el blog), en la que se hace una representación de una partida de ajedrez a escala humana que es reproducida en esa localidad desde 1954, en forma periódica, aludiendo a un episodio histórico ocurrido el 12 de septiembre de 1454.

Por supuesto que, en tiempos muy anteriores, coincidentes con los fundacionales y primera evolución del teatro, existen testimonios vinculados a otros juegos de tablero, aludiendo al petteia (πεττεια) de la cultura griega, y al ludus latrunculorum de la tradición romana. Al traducirse a lenguas romances, desde los textos originales en griego y en latín, en la Europa de la Edad Media y comienzos de la Edad Moderna, se solían traducir los términos respectivos por ajedrez (un juego claramente posterior respecto de aquellos), generándose todo un equívoco que es necesario desterrar. Por eso cuando se habla de las primeras menciones del ajedrez en el teatro no nos podemos remontar a esos tiempos.

No obstante hay que decir, como emparentamiento cultural, que se cree que el ateniense Cratino (520-423 antes de Cristo), fue el primer comediante que mencionó al petteia en su obra. Por su parte  Sófocles (496-406 antes de Cristo), uno de los principales exponentes de la tragedia griega, en Nauplius sostuvo la teoría de que el mitológico Palamedes, el rey de Troya, había sido el inventor de un juego que era bastante sencillo, que tenía fichas construidas por piedras o guijarros (de ahí deriva su nombre) y que, en algunas concepciones, pudo haber desempañado algún rol en la creación ulterior del ajedrez en el contexto de la ruta de la seda y de la ocupación de los herederos de Alejandro Magno (356-323 antes de Cristo) territorios próximos al subcontinente indio.

Eurípides (c. 484-480/406 antes de Cristo), por su parte, en la tragedia Ifigenia en Áulide incluye un pasaje sobre este antiguo juego que, conforme la  traducción al español de Germán Gómez de la Mata (en Eurípides; Ifigenia en Áulide, Universidad de Murcia, InterClassica, 2006-2019), dice así (el destacado no obra en el original):

“He atravesado presurosa, con las mejillas enrojecidas por juvenil pudor, el bosque sagrado de Artemisa, donde se celebran numerosos sacrificios, deseosa de ver el campamento y las tiendas guerreras y las hileras de caballos de los danaos portadores de escudos. Y he visto á los dos compañeros Ayaces, hijos, respectivamente, de Oileo y Telamón, éste honor de Salamis; y á Protesilao, que se divertía jugando al ajedrez con Palamedes, á quien engendró el hijo de Poseidón; y á Diomedes, que se divertía lanzando el disco, y á Meriones, rama de Ares y admiración de los hombres, y al hijo de Laertes, venido de las islas montañosas, y á Nireo, el más hermoso de los acayanos”.

Seguramente una recorrida más exhaustiva podría determinar en qué otras obras del teatro griego mencionaron en algún momento al petteia. Mas no es necesario (al menos a los efectos de este trabajo): es que, con lo dicho, nos basta para asegurar el hecho incontrovertible de que este entretenimiento, y los similares en todas las culturas en tiempos posteriores y aún anteriores, por su relevancia cultural, podían ser reflejados en obras de la dramaturgia y de la comedia, dentro de un  género literario, el del teatro, de tan magnífico poder expresivo.

Ello lo asumirán para sí en tiempos modernos numerosos autores, comenzando por Lope de Vega quien, en su exuberancia, además de ser un Fénix de los Ingenios, bien puede y debe ser considerado un Fénix del Ajedrez en el Teatro.

Un testimonio que habrá de continuar en Inglaterra el gran William Shakespeare al posar su mirada penetrante e influyente en el juego con su inclusión casi postrera en La tempestad.

Una tríada virtuosa, prodigiosa y pionera  de autores, que se completa con Thomas Middleton quien, con su A game at chess, conmovió a una ciudad, un país y una relación bilateral entre dos potencias europeas, generando el máximo nivel de impacto y relevancia argumentativa con el uso del ajedrez en clave política.

A estos genios literarios se les debe asignar la calidad de precursores en introducir el ajedrez en el influyente y popular género literario que se representa sobre un escenario en cualquier parte del planeta.

Y, al hacerlo, además de ratificar la imperturbable potencia cultural del juego, esos egregios autores no hicieron otra cosa que reforzar la idea de que, en definitiva, el ajedrez es una modelización, sólo con algún grado mayor de abstracción, del teatro de la vida.

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Sergio Ernesto Negri nació en la ciudad de Buenos Aires, Argentina. Es Maestro FIDE. Desarrolló estudios sobre la relación del ajedrez con la cultura y la historia.

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