El genio Da Vinci (también) se reflejó en el espejo del ajedrez

por Sergio Ernesto Negri
17/09/2020 – Al referirnos a Leonardo Da Vinci, la primera palabra que surge en la mente es la de genio aunque, este atributo, a pesar de que lo refleja en buena medida, parece quedarle demasiado corto. La verdad es que todos los calificativos parecen ser insuficientes a la hora de resumir, en un único concepto, una vida tan intensa en la que produjo una obra que abarcó disciplinas muy diversas con logros e ideas que lo harán trascender por siempre. En ese camino, no será extraño que, una personalidad tan inquieta y tan ávida de conocimiento, pudiera extender el ámbito de sus intereses al ajedrez, un juego que era crecientemente difundido y respetado en los círculos sociales de poder frecuentados por Leonardo. | Imagen: supuesto autoretrato | Fuente: Wikipedia

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Al referirnos a Leonardo Da Vinci, la primera palabra que surge en la mente es la de genio aunque, este atributo, a pesar de que lo refleja en buena medida, parece quedarle demasiado corto.

Es que Leonardo di ser Piero da Vinci   (1452-1519), tal su nombre completo, de quien el 2 de mayo de 2019 se cumplieron 500 años desde su muerte, todos los calificativos parecen serles insuficientes a la hora de resumir, en un único concepto, una vida tan intensa en la que produjo una obra que abarcó disciplinas muy diversas con logros e ideas que lo harán trascender por siempre.

Por supuesto que, a Da Vinci, se lo reconoce como uno de los artistas principales de una época en la que floreció el Renacimiento europeo, habiéndose convertido en un ícono de un tiempo caracterizado, en la mayoría de las concepciones, por aquel en el que se dio un salto decisivo desde la oscuridad a la luz.

Sin embargo, su impresionante contribución no sólo se dio en términos de arte, ya que también se le reconoce su calidad de  proverbial inventor, habiendo sido un pionero para la construcción ulterior de aeronaves, vehículos, submarinos, paracaídas, tanques y cañones de guerra.

Gracias a su genio práctico, se mejoraron asimismo el reloj, las tijeras y el anemómetro; se alcanzó el diseño de un caballero robótico, un puente giratorio, un sistema de cierre de canales y un equipo de buceo, y también fue posible la aparición de numerosas formas de engranajes.

Combinando invención y arte, de sus manos surgió la viola organista, una notable contribución en materia de instrumentos musicales.

Entre tantos logros, no se privaría de escribir en forma especular, evidenciando un comportamiento de enigmáticas connotaciones, y en llegar a concebir una ciudad que, en su mente privilegiada y soñadora, no podía menos que resultar ideal.

Pero la lista no se agota con lo producido en esos campos de interés, ya que también fue anatomista, arquitecto, botánico, científico (con hallazgos en materia de hidrodinámica y óptica), escritor, filósofo, geólogo, ingeniero civil, músico, paleontólogo, poeta y urbanista.

A Leonardo se lo reconoce, en su genialidad, como un erudito; un polímata, de raíces humanistas, que supo recorrer múltiples caminos vinculados al conocimiento generando, con sus aportes y logros, desarrollos que fortalecieron el progreso de la Humanidad.

Por supuesto que lo primero que viene a la mente cuando se habla de Leonardo es su pintura, de la que se derivan obras magníficas, como La última cena, La anunciación, La Virgen de las rocas, Salvator Mundi (se le atribuye esta obra, no sin controversia, siendo el cuadro más caro que fue vendido hasta la actualidad) y La Mona Lisa o La Gioconda, la cual se transformó en un referente ineludible de la cultura mundial, contribuyendo a la popularización integral del arte.

Sus dibujos también son célebres, en particular el titulado Hombre vitruviano, en el que se aprecian sus amplios conocimientos en materia de anatomía y matemáticas, vinculando esos saberes, en aras de delinear las proporciones perfectas del cuerpo humano.

Se dedicó a la escultura, aunque no se conservaron sus trabajos. Es interesante destacar que, su proyecto en la materia más ambicioso,  el de erigir una estatua ecuestre que representara a Francisco I Sforza (1401-1466), quedó sin acabar.

Pero como en Leonardo todo debía ser, de una u otra forma, útil, en 1495 el bronce que se iba a emplear para el portento, termina por ser utilizado para fabricar cañones, en el intento de salvar a Milán de una invasión francesa, la que sólo en su éxito se postergaría.

Al cabo de los años, evidenciando que siempre el arte predomina respecto de la guerra, en 1999 se habrá de construir una estatua en Nueva York, según sus planos originales, la que fue donada a la  mencionada ciudad italiana donde actualmente se la exhibe.

Lo que alguna vez fuera el Imperio Romano, y que hoy es Italia, para la época en la que vivió Leonardo estaba constituido básicamente por ciudades-estado, el poderoso Ducado de Milán, los Estados Papales y el Reino de Sicilia. Durante buena parte de la vida del artista imperó la paz, tras décadas de enfrentamientos previos de las potencias regionales, tras la firma del Tratado de Lodi en 1454 por parte de Florencia, Milán y Venecia pero, como siempre, se deberá coexistir con tensiones, algunas provocadas desde el exterior y también las que son el producto de reyertas internas.

Particularmente, a Leonardo le tocó ser testigo de los conflictos planteados sobre fines del siglo XV, esos que se extenderán  durante buena parte de la centuria posterior, básicamente por las disputas entre los Reinos de Francia y de España, que derivaron en las denominadas Guerras Italianas, generando un espacio de conflicto que tuvo por escenario la península.

Leonardo, afectado por la invasión gala a la ciudad de Milán, en la que residía, debió escapar en 1499, por lo que irá procurando protección en otros sitios en los cuales, gracias a su talento, el mecenazgo y el clima cultural renacentista reinante, podrá dedicar su vida a tantas manifestaciones del arte, la cultura y el conocimiento.

En ese camino, no será extraño que, una personalidad tan inquieta y tan ávida de conocimiento, pudiera extender el ámbito de sus intereses al ajedrez, un juego que era crecientemente difundido y respetado en los círculos sociales de poder frecuentados por Leonardo.

El ajedrez, que había ingresado a Italia desde diversas vías posibles, seguramente por intercesión de los árabes, aunque también mediando el accionar de normandos y bizantinos,  hizo baza en todo el territorio, de norte a sur, a punto tal que, de entre los primeros grandes jugadores que se reconocen del continente europeo, hay varias figuras notables que le pertenecen.

De tiempos sólo un poco posteriores a los de Leonardo, vemos al calabrés Giovanni Leonardo da Cutri, conocido como il Putino,  (1552-1597), quien habrá de vencer en la que se considera la primera competencia internacional de la historia, realizada en 1575 en Madrid,  la que contó con el patrocinio del rey Felipe II  (1527-1598), en la que también intervendrían su compatriota, el siciliano Paolo Boi, il Siracusano (1528-1598), y también los españoles Ruy López de Segura (1540/1580) y Alfonso Cerón (sin datos certeros de filiación).

Luego vendrán, entre otros notables ajedrecistas, el romano Giulio Polerio (1548-1612), el napolitano Alessandro Salvio (1570-1640) y, particularmente, Pietro Carrera (1574-1647) y, especialmente Gioachino Greco (1600–1634), il Calabrese quien, por ser de condición muy humilde, debió valerse del ajedrez para sobrevivir, transformándose en un trotamundos, que terminó sus días en América, por lo que se lo ha llegado a considerar el primer jugador profesional de la historia, además del máximo exponente de una Escuela Italiana asociada al romanticismo.

Se suele reconocer como literatura didáctica primera, en lo que concierne al mundo occidental (los árabes tuvieron sus propios manuales referidos al shatranj, el antecedente directo del ajedrez mucho antes), a la producida por autores de la península ibérica.

En ese sentido, se considera el primer texto especializado en  España al debido al valenciano Francesch Vicent (1450-1512), autor de Llibre dels jochs partits dels schacs en nombre de 100, publicado en Valencia, en idioma local, en 1495 el que, si bien se lo ha perdido, gracias a los esfuerzos del investigador español José Antonio Garzón Roger (nacido en 1963) se ha podido evidenciar su existencia y reconstruir parcialmente.

Más tarde surgirán Repetición de amores y arte de ajedrez, publicado en Salamanca en 1497, que es de Luis Ramírez de Lucena (1475-1530) y el Libro de la invención liberal y arte del juego del ajedrez, publicado en Alcalá de Henares en 1561, que es de la autoría de Ruy López de Segura (1540-1580).

También se puede consignar la obra del portugués Pedro Damiano (1480-1544), conocido como Damiano Portoghese, titulada Questo libro e da impare giocare a scachi et die li partiti, editada en Roma en 1512. Y uno más, aunque no es estrictamente técnico, Le jeu des Eschés de la Dame moralicé, un manuscrito francés que sería de fines del siglo XV en el cual ya se introduce el movimiento ampliado de la reina, además de contemplar la dialéctica entre virtud y vicio, en la línea de asignar al ajedrez una intención moral ya explorada a inicios del siglo XIV por el fraile lombardo (afincado en Génova) Jacobo de Cessolis (1250-1322).

A Cessolis se le debe Líber de móribus hóminum et de officiis nobílium súper lúdum scacchórum, escrito en latín, donde se reproducen  los sermones acerca de cómo debían comportarse los feligreses, para lo cual el religioso utilizaba parábolas de tono ajedrecístico. Este texto fue tan importante en su tiempo que, además de ser traducido a todas las lenguas romances europeas posibles, habrá de ser uno de los primeros en ser publicado (junto a la Biblia), gracias a la introducción de la imprenta, en el caso de Inglaterra.

De esta recorrida recordando obras icónicas que procedían de la Edad Media y en las que el ajedrez es protagonista, y sin siquiera mencionar uno sólo de los textos de caballería y los poemas épicos en los que hizo acto de presencia con fuerza argumental, no se puede dejar de mencionar al bello Juegos diversos de Axedrez, dados, y tablas con sus explicaciones, que fue encomendado por el rey Alfonso X de Castilla, el Sabio (1221-1284), en algún momento del tiempo en la segunda mitad del siglo XIII.

Pese a los antecedentes indicados, habría que rendirle tributo en calidad de pionero, al menos dentro de la categoría de escritos de alcance  especializado, a los producidos por un italiano, Buoncompagno de Siena (1165 o 1175?-1240), a quien se le deberían sendos manuscritos sobre el ajedrez, que recibieron por nombre  Bonus Socius (Buenas compañías) y Civis Bononie (Ciudadanos de Bologna). El uso del condicional obedece a que aún hay incerteza sobre la exacta etiología de estas obras e, incluso, si se tratan de dos o de tan sólo una. De todos modos, lo que resulta evidente es su relevancia y antigüedad.

Dicho profesor de la Universidad de Bologna tiene, entre otros méritos, el de haber abandonado el latín para abrevar en la lengua vernácula, generando una vasta producción en la que se incluirían esos textos donde aparecen numerosos problemas ajedrecísticos,  muchos de los cuales se tomaron de obras de fuente musulmana.

La tradición ajedrecística en lo que hoy es Italia se extendió rápidamente al mundo de la literatura no especializada, a punto tal que, en la máxima obra de su literatura de todos los tiempos, la Divina Comedia, el juego es mencionado por Dante Alighieri (1265-1321) en el Canto XXVIII correspondiente al “Paraíso”.

El poeta, al divisar un punto resplandeciente de viva luz en torno del cual giran los nueve círculos (las nueve esferas del mundo sensible), aprecia que se la ve a Beatriz explicar que corresponden al mundo espiritual, para de inmediato agregar:

 “Los círculos corpóreos son anchos y estrechos, según la mayor o menor virtud que se difunde por todas sus partes. Cuanto mayor es su bondad, más saludables son los efectos que produce y el cuerpo mayor contiene mayor bondad, con tal que sean todas sus partes igualmente perfectas. Ahora bien este círculo en que estamos, que arrastra consigo todo el alto universo, corresponde al que más ama y más sabe; por lo cual, si te fijas en la virtud y no en la extensión de las substancias que te aparecen dispuestas en círculos, verás una relación admirable y gradual entre cada cielo y su inteligencia…Cuando hubo terminado sus palabras, empezaron a chispear los círculos como chispea el hierro candente; y aquel centelleo, que parecía un incendio, era imitado por cada chispa de por sí, siendo éstas tantas, que su número se multiplicaba mil veces más que el producido por la multiplicación de las casillas de un tablero de ajedrez”. 

Alighieri, seguramente alude en este pasaje a la clásica leyenda sobre la recompensa que habría pedido el creador del ajedrez al sultán, esa de un grano de cereal por la primera casilla, dos por la segunda, cuatro por la tercera y, así sucesivamente, determinando la presencia de una progresión geométrica que arroja un descomunal resultado final.

En Il Filocolo, la que se considera la primera novela italiana escrita por el también florentino, como Alighieri, Giovanni Boccaccio (1313-1375), el ajedrez tiene un gran peso argumental. Allí se ve a Florio intentar liberar a su amada Biancifiore, quien estaba prisionera en un castillo. Para acceder al lugar el héroe, en la tradición de Tristán e Isolda, se gana la confianza de un cancerbero jugando varias partidas del noble juego.

Por su parte, en el muy influyente Decamerón (Decamerone), Boccaccio hace referencia al ajedrez en varias ocasiones, como por ejemplo sucede en el siguiente parlamento:

Muchas veces podéis haber visto reyes de ajedrez que son más preciosos de lo que yo soy; y por cierto que si me obedecieseis como a un verdadero rey se obedece, os haría gozar de aquello sin lo cual es verdad que ninguna fiesta es totalmente alegre…”.

En cada jornada del relato, uno de los jóvenes, quienes se alejaron de la ciudad tratando de escaparle a la peste, asume la dirección de las actividades de la jornada, en un clima que se presenta con una picardía no exenta de erotismo, tan bien reflejada en el film homónimo de Pier Paolo Pasolini (1922-1975). En esas circunstancias se auto invisten en calidad de reyes o reinas lo que, desde luego, puede aludir tanto a los monarcas de las experiencias reales cuanto a las piezas ajedrecísticas, lo que en todo caso refuerza la asociación iconográfica de estas como representación de las monarquías reales.

Por su parte, el paduano Francesco Petrarca (1304-1374), el otro gran escritor italiano de fines de la Edad Media, si bien también incursionó en el ajedrez no le evidenció una alta estima, llegándose a preguntar cómo era posible que se perdiera el tiempo con un juego al que consideraba muy aburrido, en el cual los adversarios se sentaban horas y horas, moviendo de vez en cuando la cabeza como si se tratara de algo de suma importancia.

Al respecto, en el Capítulo XXVI de su Dè rimedi dell'una e dell'altra fortuna,  dedicado a “Los juegos de mesa y el ajedrez”, presenta el siguiente diálogo entre La alegría y La razón:

“La alegría: Me gustan los juegos de mesa y el ajedrez. / La razón: Los de mesa son perjudiciales y el ajedrez es vano… / La alegría: Con mucho gusto me gustaría jugar al ajedrez. / La razón: ¡Oh, estudio pueril!, ¡Oh, tiempo perdido!, ¡Oh, preocupaciones superfluas!, ¡Oh, proclamas que crujen!, ¡Oh, necios placeres, ira que hace reír! Ver viejos mudos perder el tiempo ante el tablero y en pequeños bosques, vagabundos del ajedrez…”.

Petrarca, apoyándose en Plinio (23-79) y en los antiguos,  asocia el juego a las situaciones de robo, seguramente por influencia de la referencia al antiguo juego romano denominado ludus latrunculorum que puede ser traducido como “juego de ladrones”.

También vincula el juego a los simios ya que, al observar algunos comportamientos a la vera del tablero,  considera que es propio de primates mezclar y  transportar las piezas y  golpearlas contra las  del compañero; agitar las manos para luego retirarlas; insultar al adversario, es decir al compañero con el cual se juega, para lo cual se llega a rechinar los dientes; amenazar al rival, cuestionarlo, rumorar en su contra.

Petrarca dice que Horacio (65-8, antes de Cristo) ya había advertido que quienes juegan al ajedrez (de nuevo la referencia es anacrónica ya que para entonces el juego todavía no había ingresado a Europa y, tal vez, ni siquiera existía), mientras lo practican  se rascan la cabeza, se muerden las uñas, en fin, hacen todas las cosas necesarias para hacer reír a los que pasan por ahí. Como los monos.

Por eso Petrarca recomendaba practicar otros juegos, de los que no cabría avergonzarse En ese marco, refiriéndose al ajedrez, hace que La razón le pregunte a La alegría:

“¿No es que has estado jugando, así de afligido y de atormentado, casi como si de estuviera en peligro tu propia salud o la de la República?”.     

Está visto que la literatura de los territorios que decantarían en Italia, en tiempos anteriores a los de Da Vinci, tanto en materia  técnica como en la más general, ya había dado importantes muestras de que el ajedrez era un punto focal que venía adquiriendo protagonismo, en señal inequívoca de su importancia social y cultural.

Lo propio, aunque algo más incipientemente, podía suceder en otra rama de la cultura, la pintura, la cual podía asimismo ofrecer obras que estuvieran vinculadas al ajedrez.

Al respecto, se considera que la primera imagen pictórica de este tipo en todo el continente europeo, es la que se puede apreciar en el techo de la Capella Palatina, en Palermo, Sicilia, la que fue pintada en el tiempo de dominación normanda, durante el siglo XII.

En el techo de la capilla se advierte una imagen que evidencia que una partida de ajedrez es disputada en una tienda por personas que serían de origen musulmán, conforme lo sugieren sus vestimentas, fisonomía y el respectivo entorno.

Al respecto habría que recordar que la isla de Sicilia, por su estratégica posición, siempre fue objeto del interés foráneo, por lo que fue visitada e invadida por personas de pueblos procedentes de puntos muy diversos. En ese orden incluso se especula que, muy probablemente, haya sido uno de los primeros puntos por los que ingresó el ajedrez a Europa, el que provino de los musulmanes que la conquistaron y ocuparon entre los años 827 y 902.

Otro caso emblemático de las artes visuales, en cuanto a la vinculación con el juego, es el de la pintora nacida en Cremona, poco después del fallecimiento de Leonardo, Sofonisba Anguissola (1535-1625), considerada la máxima pintora mujer del Renacimiento quien, en un cuadro pintado en 1555, que lleva por nombre Partita a scacchi, muestra a miembros de su propia familia en torno a un tablero.

En la pintura se las ve de hecho a sus hermanas Elena y Minerva jugando y, a la menor de ellas, Europa, y a otra mujer, probablemente una criada, oficiando en carácter de observadoras.  

Si el arte y la cultura generalmente ofrecen su cara amable, no siempre sucederá lo mismo en otros ámbitos, por ejemplo en el contexto de acciones poco virtuosas que reportan a la política y la religión.

Es así que, partiendo de posiciones sumamente ortodoxas de la Iglesia Católica (lo propio había acontecido, y seguiría sucediendo, con expresiones extremas originadas en otros cultos), se impulsó la interdicción del ajedrez, al vincularlo con los juegos de azar (y al impío dinero que derivaba de las respectivas apuestas) y al excesivo ocio que podía generar. Así lo atestigua, por caso, la carta enviada en 1061 por el influyente cardenal Pedro Damián (1007-1072) al Papa Alejandro II (1010 o 1015-1073), en la que se asegura:

Yo me avergüenzo enumerando los vicios…y sobre todo la pasión por los dados y el ajedrez…que hacen de un sacerdote un arlequín”.

Más adelante, al cuestionar al religioso distraído de sus labores (se trataba del obispo de Florencia), ya que el juego le quitaba tiempo a las enseñanzas del catecismo y a la preparación de sermones, le ordena:

“…alejar en tu noche al deporte en medio de la vanidad de ajedrez, que contamina la mano que ofrece el cuerpo del Señor, la lengua que media entre Dios y el hombre, con la polución de un juego sacrílego”.

El cuestionado recibió la reprimenda del severo censor, devenido con el tiempo en santo, con gran humildad, aceptando como penitencia recitar tres veces el salterio, lavar los pies a doce pobres y darles una moneda de limosna.

Este texto tiene, no obstante, un impensado valor adicional: constituye el primer registro histórico de mención al ajedrez en el territorio, para lo cual se emplea la expresión latina scacchorum.

Un ajedrez tan presente en la sociedad, que llevaba ya al menos unos 500 años desde su ingreso a Europa, evidentemente no podía serle indiferente al inquieto Leonardo.

Es sabido que uno de sus grandes amigos fue Luca Pacioli (1445-1517), notable matemático y padre de la contabilidad, autor de numerosas obras entre las que se incluye un tratado de ajedrez que habría escrito en el año 1500, que recibió por nombre De Ludo scacchorum, el que se considera perdido.

No obstante, a partir del trabajo que en 2006 hiciera el bibliófilo e historiador italiano Duilio Contin (nacido en 1949), se detectó la existencia de un manuscrito, de pequeñas dimensiones, que podría considerarse un texto preparatorio de aquel.

Contin, embarcado en una investigación sobre el pintor Piero della Francesca (1415-1492) y el propio Pacioli, encarada para el Centro de Estudios del Museo Aboca de Sansepolcro (sitio en el que nacieron y murieron ambos), verificó este hallazgo, al revisar una biblioteca de unos 22.000 volúmenes correspondientes a la Fundación Coronini Gronberg, ubicada en el municipio de Gorizia, Venecia.

El texto hallado, que no debe ser considerado un tratado sino una recopilación de partidas, consta de 96 páginas, en las que aparece igual número de diagramas ajedrecísticos, que corresponden a 114 problemas con sus respectivas soluciones (en algunos folios se presentan más de un encuentro), los que responden a ambas modalidades de ajedrez conocidas en la época, la antigua y la moderna, o “alla rabiosa”, caracterizada esta principalmente por la gran movilidad que se le asignaba a la pieza de la reina.

En la obra de Pacioli, las partidas presentadas no pueden considerarse originales ya que, las de viejo cuño, fueron incluidas en  otros manuscritos, como en los atribuidos a  Buoncompagno de Siena. Y las que corresponden a la novedosa modalidad,  también pueden ser apreciadas en otro manuscrito, que se codificó como “It.51”, el cual se conserva en la Biblioteca Nazionale Centrale de Florencia (donde también obran los de Buoncompago) que, sin tener datación ni autoría explícita, es relativamente contemporáneo respecto del de Pacioli.

Si bien el “It.51” pudo haber sido anterior, como bien estudia el historiador ajedrecístico Alessandro Sanvito (nacido en 1938), se especula sobre el real orden de precedencia respecto del de Pacioli o, incluso, se plantea la posibilidad de que los dos pudieran ser obra del amigo de Leonardo.

En el hallado en 2006 se aprecian preciosas imágenes de piezas que, en la mayoría de los casos, están en rojo y negro, los colores más típicos de las versiones protohistóricas de los tipos de ajedrez que rigieron previamente en el mundo oriental, tanto en la India como en el mundo musulmán.

En Europa, en cambio, y así nos lo  enseñara el experto medievalista francés Michel Pastoureau (nacido en 1947), se produciría una mutación, paulatina, primero mostrando como prototípica una porfía en que se enfrentaban el rojo y el blanco para, finalmente, decantarse en el modelo de blancas vs. negras que hoy en día es del todo universalmente convencional.

Las ilustraciones, aunque no se indica específicamente su autoría, podían adscribirse, al menos muchas de ellas, al genio de Leonardo. Así se especula desde el mismo momento de verificarse el descubrimiento. Y ello es deducible por múltiples razones.

Por un lado, a partir de la amistad y recíproca colaboración que existió entre Pacioli y Leonardo surgió De Divina Proportione, otro trabajo de aquel en el que aparecen ilustraciones de 60 poliedros debidos, explícitamente, a “Lionardo da Vinci”. Se trata de un documento orientado a las matemáticas y la arquitectura, en el que se consagró el concepto de la proporción áurea el que, si bien aparecerá publicado en 1509, habría sido concluido en 1497.

Con lo que los dos textos, De Ludo scacchorum y De Divina proportione, coinciden aproximadamente en un mismo entorno temporal. Para más, el vínculo de Pacioli y Leonardo venía incluso desde antes, y  continuará profundizándose en años sucesivos, cumpliendo un derrotero espacial, y el ejercicio de una comunión de intereses y experiencias que llevará a los amigos de un punto a otro, siempre dentro de la zona septentrional de la península.

Resulta central decir que, con la inclusión de estas imágenes en la obra ajedrecística de Pacioli, se verifica una situación inédita ya que, previamente, las piezas eran referenciadas con el nombre o la inicial de su denominación, lo que se sucedió sin ir más lejos en el “It.51”. Desde ahora, se comienza a consagrar un uso basado en imágenes iconográficas, un canon que se habrá de imponer irremediablemente en tiempos posteriores, el que tiene plena actualidad.

La intención original del autor era la de registrar todos los juegos de la época en un volumen que iría a llamarse De Ludis in genere, una labor que quedaría inconclusa. De Ludo scacchorum iba a ser, entonces, una de sus partes.

El manuscrito preparatorio de este hallado, y el propio texto principal, fueron escritos en idioma vulgar. Este último también era conocido como Schifanoia (…dicto Schifanoia), nombre que tendrá más tarde un Palazzo ubicado en Ferrara, construido en 1385, cuyo significado literal podría ser traducido como “evadiendo el aburrimiento”, ciudad donde había nacido Isabella d´Este (1474-1539), reconocida mecenas de las artes y gran aficionada al ajedrez.

Isabella, junto a su esposo, en su calidad de marquesa, fue anfitriona de Pacioli y Da Vinci en Mantua, lo que sucedió durante un corto periodo de tiempo, concretamente desde mediados del mes de diciembre de 1499 hasta el mes de febrero del 1500 (algún autor extiende esa estadía conjunta hasta el 1503). Esa ciudad fue un destino intermedio, en el que estuvieron Pacioli y Leonardo,  antes de partir, primero a Venecia y luego a Florencia, en una  recorrida común que había comenzado desde el mismo momento en que escaparon de la invasión francesa a la ciudad de Milán en la que previamente residían y donde desde entonces personalmente interactuaban.

El trabajo ajedrecístico de Pacioli, tanto el correspondiente al texto preparatorio cuanto el definitivo perdido, bien pudieron haber sido redactados en Milán cuando estaba, junto a Leonardo, bajo la protección del duque Ludovico Sforza (1452-1508), en cuya corte vivieron ambos durante tres años, antes de partir de la ciudad.

Aunque, dado que De Ludo scacchorum es dedicado a los señores de Mantua, podría entenderse que puede ser considerado finalizado en fecha posterior, ya sea correspondiendo al último año del siglo XV o,  menos probablemente, a un periodo que va desde fines de 1506 y el mes de agosto de 1508, periodos ambos en los que Pacioli residió en esa ciudad.

En el caso de De Divina proportione, efectivamente se conoce que fue compuesto en Milán en 1498 aunque, su publicación, se registrará recién en 1509 (la edición original se la puede consultar en...).

Entonces, Mantua, si bien casi con seguridad no fue el sitio en el que se concibió el trabajo, fue el ámbito en el que se lo ofrendó a su pareja gobernante, en un gesto de complacencia de los protegidos Pacioli y Leonardo.

Ellos, junto a Isabella, se entretuvieron socialmente jugando profusamente al ajedrez, habida cuenta de que el juego era del especial interés de la anfitriona, el que había ingresado en su radar desde su ciudad natal de Ferrara. Ahora, instalada en Mantua, se sabe que la duquesa recibió en 1511 un tablero construido en ébano y marfil de parte de Lorenzo da Pavia (fallecido en 1517), un músico que también se especializaba en diseñar instrumentos y otros objetos de valor.

En Ferrara había estado de visita el ya citado Vicent, autor de un libro didáctico señero quien había sido contratado por Lucrecia Borgia (1480-1519), quien estuvo casada con Alfonsi I d´Este (1476-1534), quien recurrió a su compatriota español (los Borgia/Borja tenìan un origen aragonés) para mejorar en el juego y poder vencer a sus competidoras de la corte. Hay otras reyertas posibles, además de las que se podían producir en la superficie de 64 escaques: Lucrecia habría sido amante de Francisco de Gonzaga (1466-1519), el marido de Isabella y señor de Mantua.

En todo caso la familia d´Este fue sumamente aficionada al juego, tal como lo transmite el historiador argentino Zoilo Caputto (nacido en 1923), quien indica por ejemplo que el duque Niccolo III d’Este (1383-1441) no sólo acostumbraba a jugar con el entonces famoso ajedrecista Mangiolino (o Magiolino), de la ciudad de Florencia sino que, asimismo, tenía valiosos manuscritos de ajedrez en su biblioteca.

A Borso d’Este (1413-1471), primer duque de Ferrara, Gilio de’Zelati, compositor natural de Faenza, le dedicó un pequeño manuscrito sobre temas de ajedrez (que se conserva en la Biblioteca Real de Turín). Con todo se considera que de ese clan familiar el más apasionado por el ajedrez será Ercole II (1508-1559), quien se convertirá en uno de los más famosos coleccionistas de libros especializados de su tiempo.

En ese contexto tan favorable para el ajedrez en particular, y las expresiones artísticas, culturales y científicas más en general, era de esperar que Isabella fuera una entusiasta cultora, por lo que el trabajo de Pacioli (y de Leonardo) podía serle dedicado a ella, y a su esposo. Tampoco habrá de extrañar que Da Vinci inmortalizara a la dama en uno de sus clásicos retratos.

Del trabajo de Pacioli, como ya fuera dicho, se deriva que se había comenzado a contemplar las reglas del ajedrez modernizadas, esas que implicaron principalmente la aparición de la reina con su  movilidad ampliada de un trebejo que, de ese modo, quedaría definitivamente empoderado, como reflejo de lo que estaba sucediendo en las cortes con la presencia femenina creciente en sitios de gobierno e influencia.

Un radio de acción ampliado que también se le asignó concordantemente a la figura del alfil, al que simultáneamente se le impidió su previa posibilidad de saltar por lo que, el reputado juego de mesa, adquirió un formato mucho más interesante, dinámico y renovado.

De esos tiempos asimismo proviene la consagración definitiva de  la posibilidad de movida inicial de peón marchando dos pasos, su coronación al arribar a la octava fila y la posibilidad del enroque.

En este sentido, se apreciará que 26 de las 114 composiciones presentadas en el texto siguen un paradigma que usualmente se denominaba “alla rabiosa”, una modalidad de juego que se estaba consagrando definitivamente en los tiempos de Pacioli y Leonardo, la que pudo haber aparecido o, al menos adquirido fuerza, desde el último  cuarto del siglo XV, en una innovación habitualmente atribuida a la escuela valenciana.

El autor, por consiguiente, supo registrar rápidamente un cambio epocal del que fue testigo, habiendo lo propio acontecido con el egregio ilustrador.

En este contexto, resulta importante decir que los textos técnicos, además de favorecer la difusión del juego, contribuían a tender a la uniformidad de las reglas, lo que era necesario para favorecer la, aún por el momento, incipiente competencia internacional. Era preciso dejar de lado las disimilitudes, con versiones previas diferentes conforme se estuviera en una región o en otra, un aspecto que reforzaba las inconsistencias y que, en todo caso, implicaba que existieran cuestiones no generalmente aceptadas y, por ende, controversiales.

Ese fue por caso lo que sucedía, por ejemplo, con el denominado salto de la alegría, una movida por la que se permitía al rey, en una suerte de anticipo del enroque, desplazarse desde su casilla original a otra que no le era inmediatamente próxima.  

Tampoco estaban debidamente codificadas las posiciones iniciales de la reina y del rey, los cuales podían quedar invertidos respecto de la disposición que habrá de trascender y, en algunos casos, incluso podían quedar enfrentados a la distancia en las mismas columnas el rey de un bando y la reina del otro.

Hasta la disposición del tablero podía ser discrepante, viéndose en algunos casos que la casilla extrema a derecha de cada jugador podía ser tanto de un color como del otro.

Pacioli, con sus escritos, contribuyó a la deseada uniformidad, sirviendo de modelo para ulteriores producciones de la literatura especializada, en la misma línea con lo que contemporáneamente estaba sucediendo en la península ibérica con los textos de Vicent, Lucena, Damiano y los que vendrían ulteriormente.

A un libro previo que existía sobre el vínculo específico de Pacioli con el ajedrez (Gli scacchi di Luca Pacioli, editado por Aboca Museum, Sansepolcro, 2007), se le agregó muy recientemente, concretamente en el año 2016, otro debido a Franco Rocco (nacido en 1939), en el que se brindan, a juicio del autor, pruebas definitivas del mayor misterio que tiene el manuscrito ajedrecístico de Pacioli hallado, en el sentido de si se le pueden adjudicar a Leonardo la autoría de todas o, al menos de buena parte, de las ilustraciones que lo engalanan.

Para el arquitecto italiano no hay duda de ello, conclusión a la que arribó tras haber participado de una labor en la que compartió y conoció el resultado de las investigaciones encaradas con otros especialistas, la que fue encomendada por la Fundación Coronini Gronberg.

Rocco asegura, en tesis que aún no cuenta con el debido consenso, que 49 de las 96 páginas del texto, es decir exactamente la mitad más una, corresponden a ilustraciones “de la inefable mano izquierda de Leonardo da Vinci”.  Las otras, de trazos menos precisos y preciosos, serían del propio Pacioli, quien utilizaba la mano diestra. 

En cualquier caso, para este investigador no hay duda alguna de la correspondencia de esas imágenes con la obra de Leonardo, teniendo en consideración, fundamentalmente, cuestiones de orden estilístico, de las que se deriva no sólo el refinamiento y la calidad de las imágenes sino, en un análisis más general, una evidente coherencia compositiva.

Rocco advierte en Leonardo dos características esenciales en su arte, elegancia y generosidad, las que están presentes en el diseño de las piezas de ajedrez del manuscrito hallado de Pacioli.

Dentro de los detalles que brinda el autor, se destaca que el diseño de las piezas presentadas es del todo inédito y nuevo; que se siguen pautas de simetría respecto del eje central (lo que podía facilitar su ulterior fabricación); que responden al concepto de las proporciones áureas, pareciendo asimismo difundir un sentido de tridimensionalidad; que los diseños fueron hechos algunos a mano alzada y otros con la ayuda de la regla; que sólo partidas de la vieja usanza (56 dispuestas en 48 páginas) corresponden a un único autor, que podría ser el propio Pacioli, en las que no se advierta una  particular pericia; que, contrariamente, en las que obedecen a la versión moderna del juego, se presentan las ilustraciones más significativas, que serían las que corresponden a otra mano la cual, todo hace pensar, le pertenecería a Leonardo.  

Al apreciarse los diseños más puntuales, se observa que el correspondiente al peón semeja una campanilla, y que los alusivos al alfil y caballo, si bien están diferenciados, sus discrepancias no son tan marcadas y, para más, en el último caso, no se advierte imagen más naturalista que remita a un equino.

Por su lado, existen dos versiones de la figura de la reina, una que semeja al árbol de un ciprés mientras que, la otra, representa en su base a una fuente muy similar a otra que reconocidamente le pertenece a Leonardo, la que está incluida en el Codex Atlanticus, en el cual se incluyen numerosas de sus imágenes producidas entre los años 1478 a 1519.

Nos atrevemos a plantear la hipótesis de, si en esta dualidad, no podría creerse que corresponde al hecho de que hay dos modalidades de juego, el antiguo y el definido ¨alla rabiosa¨ por lo que, un tipo de reina pudiera responder a una modalidad mientras que, la otra, sea de aplicación sólo a la restante.

Hay otra cuestión que se menciona en el texto de Rocco, una muy sugerente por cierto, respecto de la posibilidad de que los propios problemas de ajedrez expresados con las reglas de juego modernas, y ya no tan sólo las imágenes, correspondan a la inventiva de Leonardo. Es una idea que el autor construye, a partir de unos dichos del GM inglés Raymond Keene (nacido en 1948) la cual, empero, no cuenta con apoyatura empírica a partir de la cual se le pueda asignar algún grado de verosimilitud.

Otro aporte ajedrecístico que se le adjudica eventualmente a Leonardo, pareciendo implicar la concepción implícita de que un genio todo lo puede, es el hecho de que el enroque se haya comenzado a practicar en un solo movimiento (del rey y de la torre), y no en dos consecutivos (primero el de la torre y después el del rey), como se supo hacer en ese periodo en el que las reglas del juego aún no estaban debidamente codificadas.

De hecho hay un jeroglífico de Leonardo, cuya imagen está debidamente invertida para que pueda ser vista en forma correcta sólo valiéndose de un espejo, como le gustaba al artista, que podría servir de sustento a una hipótesis que, de nuevo, luce exagerada.

La Fundación Coronini Gronberg, extremando el sentido de prudencia, y atendiendo al elemental rigor que debe imperar en esta clase de investigaciones, sigue sosteniendo al día de la fecha que la adjudicación de la autoría de Leonardo de las imágenes del manuscrito en cuestión, que es en todo caso la mayor incógnita y lo que más importa, debe considerarse sólo como una teoría  pendiente de contrastación y de confirmación definitiva.

Con todo, la entidad patrocinante le encargó al arquitecto Rocco que concibiera un juego de piezas de ajedrez diseñados sobre la base de la reproducción de las que aparecen en el manuscrito.

Rocco, en su página web, Welcome to the art world of Franco Rocco (en http://www.francorocco.com/), incluye más información sobre el asunto, pudiendo destacarse, especialmente, que se presenta un muy interesante vídeo bajo el nombre “DA VINCI CODEX ON CHESS”.

Por lo pronto, hay que valorar el descubrimiento del manuscrito de Pacioli, tributario de un texto perdido, del que no se sabía que hubiera rastros, que permiten al menos su parcial reconstrucción.

Por lo pronto, hay que disfrutar y admirar su contenido, en particular al contemplar las bellas imágenes que lo ilustran.

Por lo pronto, hay que abrigar la esperanza de que, al menos parte de ellas, correspondan al trabajo y al genio de Leonardo.

Sin dejar de reconocer lo actuado en la materia, y el libro de Rocco es un gran aporte en el camino de dilucidar la aludida cuestión, estimamos que se requiere aún una mayor profundización para corroborar,  en un trabajo multidisciplinario, la muy atractiva y factible hipótesis que vincula al mundo del ajedrez con Leonardo.

Nos queda por el momento el íntimo deseo, si no aún la debida certeza (la que siempre es tan inasible desde una perspectiva epistemológica), de que la comunión amical que existió entre Pacioli y Leonardo, en el contexto de la influencia desde los mismos comienzos del Renacimiento de un juego que venía difundiéndose poderosamente desde la Edad Media, ha generado, como especial legado, notables imágenes ajedrecísticas de ese homo universalis que fue Leonardo Da Vinci, sin dudas uno de los mayores genios de la Humanidad.

Fuentes:




Sergio Ernesto Negri nació en la ciudad de Buenos Aires, Argentina. Es Maestro FIDE. Desarrolló estudios sobre la relación del ajedrez con la cultura y la historia.
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