Reconociendo posiciones en el tablero

por Frederic Friedel
16/08/2022 – ¿Con qué rapidez y fiabilidad pueden los ajedrecistas profesionales reconocer posiciones en el tablero? ¿Cuán buenos son los grandes maestros a la hora de identificar partidas? ¿Y cómo se comparan con los aficionados en este aspecto? El exitoso canal de ciencia e ingeniería Veritasium ha explorado este tema y ha realizado un vídeo muy interesante. Al que añadimos nuestra propia investigación, realizada hace casi cuarenta años.

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Veritasium es un canal de vídeos de ciencia e ingeniería en el que se presentan experimentos, entrevistas a expertos, demostraciones y debates con el público. Su canal de YouTube es muy exitoso. Tiene entre 5 y 90 millones de visitas por episodio.

Esta semana Veritasium preparó un episodio muy interesante explorando lo que se necesita para convertirse en un experto en diferentes áreas de la vida. Una de ellas es el ajedrez. Y presentan una descripción maravillosamente lúcida del procesamiento del cerebro humano al momento de analizar una posición. Merece la pena verlo:

Es especialmente interesante la comparación entre expertos y aficionados. Interesante para mí, ya que realicé una investigación similar hace casi cuarenta años, la cual me gustaría compartir con ustedes en este artículo. Tengo que empezar con algunos antecedentes.

A finales de los años setenta yo era un periodista científico que hacía documentales para la televisión alemana. Un día le propuse a mi jefe que hiciéramos un reportaje sobre cómo los ordenadores podían jugar al ajedrez. Tuvo mucho éxito, por lo que la otra cadena alemana me pidió que hiciera un reportaje similar. Esta vez decidimos concentrarnos en la diferencia entre el pensamiento humano y el de los ordenadores. Para ello necesitábamos sujetos de análisis. Así que invité a un joven —un joven con mucho talento— a venir a Hamburgo y a jugar en un torneo. Sus padres aceptaron enviarlo solo, ya que yo me ofrecí a alojarlo en mi casa y a cuidarlo. Acababa de cumplir 15 años y me encargué de que Lufthansa lo acompañara cuando tuviera que cambiar de avión en el aeropuerto de Düsseldorf. Cuando lo recogí en Hamburgo, busqué a un niño pequeño, pero me recibió un muchacho de casi dos metros de altura.

Era el adolescente Nigel Short, con el que hice muchas filmaciones y muchos experimentos. Se convirtió en un amigo de la familia y volvió a visitarme unas veinte veces. Siempre fue muy divertido que viniera.

Para el segundo documental de televisión investigué bastante sobre cómo el cerebro humano procesa el juego del ajedrez. Lo comenté con el científico holandés Adriaan de Groot, que era un experto en el análisis cognitivo de los maestros de ajedrez. Entre los años 40 y 60 había realizado pruebas y había descrito sus resultados en un famoso libro, Het denken van den schaker. Adrian (a la derecha) me ayudó a diseñar los experimentos que realizaríamos para el documental en Hamburgo.

Para el documental de televisión utilicé a Nigel como sujeto, y mientras se quedaba en nuestra casa realicé una serie de experimentos con él. Se convirtió en mi principal objeto de investigación. Mis experimentos se desarrollaban de la siguiente manera: Me sentaba en la mesa del comedor y llamaba a Nigel, quien normalmente estaba tocando la guitarra en el salón. Cuando se acercaba, yo observaba sus ojos con un cronómetro en la mano. En cuanto se acercaban al tablero, ponía en marcha el reloj y, en el momento en que reaccionaba —decía algo—, pulsaba play. Si decía algo como “¿Quieres que mire esta posición?”, esperaba hasta que dijera algo específico de la posición, como: “¿No gana la partida capturar el peón con el alfil?”. Entonces paraba el reloj. Descubrí que Nigel tardaba entre cinco y veinte segundos en resolver la mayoría de los problemas tácticos que le planteaba.

También utilizaba libros de ajedrez, mostrándole una posición (mientras cubría la solución con mi pulgar). Esta imagen es de un libro que todavía tengo, donde anoté que Nigel encontró la jugada clave, Dh6, en 3,8 segundos.

También puse a prueba su honestidad. De vez en cuando le planteaba una posición que le había enseñado un año antes. Inevitablemente me decía: “Espera, ¿no me habías enseñado esto antes?”

Mientras realizaba estos experimentos, descubrí algo muy notable. A veces, la reacción se producía en menos de un segundo: reconocía una posición que había visto antes casi al instante. Se lo comenté a unos investigadores del departamento de psicología de la Universidad de Hamburgo, y me explicaron pacientemente que lo que yo describía no podía ser correcto: era cognitivamente imposible que un ser humano identificara una posición de ajedrez, con más de veinte piezas en el tablero, en menos de un segundo. Acto seguido, ¡decidieron analizar mi comportamiento! Me dijeron que a menudo ocurría que los investigadores exageraban el alcance sus hallazgos por puro entusiasmo. Estaba claro que no había cronometrado a Nigel con precisión. Así que les invité a que vinieran a mi casa y probaran ellos mismos al muchacho. Así lo hicieron, trayendo a un psicólogo experto en ajedrez, y realizaron pruebas similares a descrita anteriormente. Le mostraron a Nigel posiciones de oscuras partidas de Alemania Oriental y le pidieron que encontrara jugadas ganadoras. Lo conseguía en cuestión de segundos, y se pasaron la tarde preguntando si había algún truco. Según sus conocimientos sobre el funcionamiento cognitivo del cerebro, Nigel no podría haber hecho lo que acababa de hacer. Los científicos desconcertados se fueron de mi casa.

Tanto a los científicos como a la audiencia de la televisión intenté explicarles que Nigel no estaba escaneando 24 (o más) piezas. Estaba viendo cinco o seis ‘superpiezas’ en el tablero. Es decir, constelaciones que para él tenían sentido propio. Las diez piezas a la derecha no necesitan ser escaneadas individualmente: una sola mirada le dirá al maestro que tiene en frente “un alfil en fianchetto frente a un rey enrocado”, y que esto surgió de una apertura con 1.d4. El maestro lo ve al instante y saca conclusiones igualmente rápidas: el caballo está defendiendo el peón d, el alfil está defendiendo potencialmente la casilla e4, así como atacando b7 y la torre en a8, etc. Los ajedrecistas más fuertes tienen un ‘vocabulario’ de decenas de miles de estas palabras de ajedrez, que reconocen y emplean con gran virtuosismo.

Entonces, ¿cómo es para los ajedrecistas aficionados enfrentarse a la misma tarea? Mostramos a principiantes las mismas posiciones que Nigel había resuelto en segundos, y de hecho utilizamos un dispositivo de escaneo óptico para seguir el movimiento de sus ojos. Efectivamente, miraban todas las piezas individualmente y no veían nada. Y no pudieron resolver el problema táctico.

Por otro lado, los ojos del candidato al Campeonato del Mundo, András Adorian, se movían por el tablero en todas las direcciones, deteniéndose en distintas constelaciones, pero también en las zonas vacías. En un experimento (imagen superior), dijo: “¡Esto es muy fácil!”, y procedió a ejecutar la combinación, en la que utilizó la torre de a1, ¡la cual nunca había mirado directamente!

Además, le dimos a András posiciones aleatorias sin significado ajedrecístico (por ejemplo, con peones en la primera fila, el rey blanco en medio de las piezas enemigas) para que las estudiara durante cinco segundos. Luego le pedimos que reconstruyera la posición en otro tablero. El resultado: sólo acertó en recordar la colocación de cinco o seis piezas, casi exactamente el mismo número que los aficionados eran capaces de recordar en posiciones de ajedrez ‘significativas’.

Para aclarar todo esto a mi audiencia, realicé el siguiente experimento: Les dije que miraran la pantalla, donde yo hacía parpadear 26 letras del alfabeto durante cinco segundos. Después debían escribir todas las letras que recordaran. Entonces apareció en la pantalla lo siguiente:

The postman came and delivered (“El cartero vino y dejó”)

Por supuesto, el público no necesitaba cinco segundos para memorizar las 26 letras y sus posiciones. Podían hacerlo inmediatamente, y de forma impecable. La razón era que no estaban memorizando letras individuales, sino palabras. Entonces les pedí que “completaran la frase”. Inmediatamente se les ocurrieron sugerencias significativas: “...una carta”, “...un paquete”, etc. Y les elogié por ser ‘grandes maestros’ del lenguaje. Lo que hicieron fue similar a lo que hacía Nigel en el tablero de ajedrez.

Para que el público se hiciera una idea de lo que era el ajedrez para un aficionado, hice aparecer en la pantalla la siguiente cadena de letras durante cinco segundos.

Postimies tuli ja toimitti

Esta vez sólo pudieron memorizar algunas letras, como ‘Post’ y ‘tuli’, y desde luego no pudieron completar la frase, que estaba en finés. Se encontraban en la situación de un aficionado al ajedrez, que sólo podía recordar cinco o diez piezas, y no tenía ninguna posibilidad de encontrar la jugada ganadora.

Mis experimentos con Nigel siguen siendo instructivos y esclarecedores hasta el día de hoy.

Si todavía tengo tu atención, tal vez quieras oírme hablar de los encuentros y los experimentos descritos anteriormente. Comienzo contando cómo me involucré en este tipo de investigación, y cómo presentamos los resultados a la audiencia de la televisión alemana.


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Ex editor jefe de la página de noticias de ChessBase en inglés. Estudió Filosofía y Lingüistica en las universidades de Hamburgo y Oxford. Del mundo académico pasó al periodismo científico, produciendo documentales para la televisión alemana. En 1986 fue uno de los fundadores de ChessBase.
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