Pensar es peligroso, jugar ajedrez es subversivo

por Uvencio Blanco Hernández
18/02/2026 – A lo largo de la historia, el ajedrez no solo ha sido un juego, sino un espacio de pensamiento que, en distintos contextos, despertó sospechas y prohibiciones. Desde vetos medievales hasta restricciones contemporáneas en regímenes religiosos o autoritarios, el tablero ha simbolizado autonomía intelectual y libertad crítica. Este ensayo examina cómo el poder ha temido al ajedrez precisamente por lo que enseña: prever, decidir y pensar sin obediencia ciega. | Imágenes (IA): Uvencio Blanco Hernández

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«El ajedrez es el juego más subversivo, porque enseña a pensar sin palabras»

Voltaire

El ajedrez, trinchera del pensamiento y la libertad

El juego de ajedrez tiene una larga tradición de amenazas, prohibición y regulaciones impuestas por estados, iglesias y regímenes dictatoriales.

Por ejemplo, en la Francia de 1197, el obispo Eudes de Châteauroux dictó estatutos diocesanos en los que se prohibió a los sacerdotes poseer tableros de ajedrez o de dados en sus casas. Se dice que su artículo 81 declaraba: «Et ne in suis domibus habeant scacos vel aleas vel decios omnino prohibetur». Esto es: «Y se prohíbe completamente que tengan en sus casas ajedreces, dados o juegos de azar».

Esto indica que, ya en la Edad Media, el ajedrez era visto como una distracción impropia de la vocación clerical.

Igualmente, en la Universidad de Oxford en Inglaterra (siglos XIV-XV) se registraron vetos a la práctica del ajedrez en colegios de clérigos y universidades medievales en ese territorio insular, pues era considerado una distracción o incluso un estímulo al vicio. Este hecho ilustra cómo la institución eclesiástica veía al ajedrez como herramienta del pensamiento, pero también como riesgo para la obediencia y el orden moral.

Así mismo, está la decisión del Imperio bizantino (siglos VII-VIII). En textos canónicos cristianos del Oriente Bizantino existe discusión sobre la prohibición de los «dados y juegos de azar», y en algunos casos el ajedrez fue incluido o asociado a esa restricción.

Este antecedente sugiere que la percepción del ajedrez como juego moralmente ambiguo tiene raíces profundas, ligadas a la sospecha del cálculo, el riesgo y la simulación.

El poder teme a quien piensa

Desde finales del siglo XX y hasta la actualidad, hubo al menos tres países que prohibieron total o parcialmente el juego del ajedrez —y lo hicieron por razones ideológicas, religiosas o políticas—. Se trata de Irán, Afganistán y Arabia Saudí.

La motivación común es que el ajedrez no es solo un juego, sino un espacio de pensamiento, de cálculo independiente, de estrategia —y en ciertos contextos, eso se vuelve política, ideológica o religiosamente «peligroso»—. Estas prohibiciones lo ilustran.

En muchos otros países quizá no se prohibió formalmente el ajedrez, pero sí se ha visto estigmatizado, limitado o condicionado, lo cual puede merecer atención en un análisis filosófico-histórico.

Pero también debemos diferenciar entre prohibiciones legales formales del Estado y fatwas, advertencias religiosas, restricciones sociales que, aunque no sean leyes explícitas, tienen un impacto real en la práctica. Seguidamente expondremos sus motivaciones y contexto:

Irán (después de la Revolución Islámica de 1979)

Tras la revolución islámica de 1979 en Irán —antigua Persia, una de las cunas del ajedrez—, este juego fue objeto de prohibición pública. Se argumentó que fomentaba el juego (gambling), el ocio incontrolado, la distracción respecto de los deberes religiosos (como la oración), y hasta «caldeaba los ánimos bélicos» en cierta interpretación moralista.

La práctica pública y federada del ajedrez fue disuelta o severamente limitada; la federación fue suspendida inicialmente. De hecho, hubo años sin campeonatos nacionales (por ejemplo, entre 1982-1989).

Se argumentó que el ajedrez fomentaba el juego de apuestas, la distracción de la oración, la «inactividad» para lo religioso, y utilizaba piezas con imágenes humanas/animales (según interpretaciones) que podrían ser controvertidas. Con base en esto, el juego fue declarado «haraam» o prohibido según ciertas autoridades religiosas, aunque más tarde la prohibición fue levantada, reconociendo el valor intelectual del ajedrez.

Este caso es claro: prohibición (o al menos fuerte represión institucional) por razones religiosas-ideológicas.

Afganistán bajo el régimen del Talibán (1996 en adelante)

Durante su primer régimen (1996-2001) el Talibán prohibió el ajedrez. En 2025 volvió a anunciarse su suspensión completa, con disolución de la federación. Efectivamente, en mayo de 2025, el gobierno talibán de Afganistán anunció la suspensión oficial del ajedrez, disolviendo la federación nacional correspondiente, y argumentando que «el ajedrez se considera una forma de juego de azar» y, por tanto, contrario a la sharía, según su interpretación.

Las autoridades lo califican como forma de «juego de azar / apuestas» prohibido por la sharía, o como distracción improductiva que no debía permitirse.

Entendamos que, en la religión musulmana, el término sharía (del árabe šarīʿa) significa literalmente «el camino» o «la vía que conduce al agua», una metáfora poderosa que alude a la senda correcta para vivir según la voluntad de Dios (Alá).

La sharía no es solo un sistema legal. Es, ante todo, un marco integral de orientación moral, espiritual y social que indica cómo debe conducirse el creyente musulmán en todos los aspectos de la vida: la fe, la ética personal, la práctica religiosa y las relaciones con los demás. En este sentido, la sharía es más amplia que la ley y más profunda que un código jurídico.

Entonces, al igual que en el primer régimen talibán (1996-2001), también la justificación tiene mezcla de razones religiosas (interpretación de lo «prohibido» en el islam), políticas (control de ocio y cultura) y morales (el ajedrez visto como distracción improductiva).

Arabia Saudí

En 2016, el gran muftí declaró que el ajedrez estaba prohibido («haraam»), aunque no necesariamente un decreto nacional completo que clausurara federaciones o torneos de forma oficial.

Se trató de una prohibición de facto o fuerte advertencia religiosa más que de una ley explícita que cierre federaciones. Se argumentó que el ajedrez era equiparado al juego de apuestas, al desperdicio de tiempo y dinero, y generador de enemistad.

Podemos observar que en Irán el ajedrez no permaneció prohibido indefinidamente: tras un periodo fue permitido nuevamente, lo que sugiere que las restricciones pueden depender del clima ideológico reinante en un momento dado, más que de una ley permanente.

En el caso de los afganos, la prohibición aparece ligada no solo a la dimensión religiosa, sino a una lógica de «orden moral/social» que busca limitar el ocio que estimule cuestionamiento o competencia intelectual no supervisada.

Mientras que en Arabia Saudita el caso es más débil en cuanto a base legal, pero revela que incluso sin legislación formal el ajedrez puede ser estigmatizado desde el poder religioso, lo cual ya implica un freno cultural al juego.

Estos casos muestran que la prohibición o restricción del ajedrez casi siempre está ligada al miedo al pensamiento libre: en todos estos contextos, el ajedrez aparece como una actividad que potencia la autonomía mental, el cálculo individual, la estrategia, la anticipación, y por tanto representa un riesgo para estructuras de poder que desean mantener el control.

Pensar es peligroso; jugar ajedrez subversivo

Podemos verificar que, desde sus orígenes, el ajedrez ha sido mucho más que un juego: ha sido una metáfora de la mente humana, una arena simbólica donde el pensamiento se mide a sí mismo, y un espejo incómodo de la libertad. Pensar, en cualquier época, ha sido un acto de riesgo; jugar ajedrez, una forma refinada de ese peligro. Ambos comparten un destino común: cuestionar el orden establecido.

Pensar es peligroso porque obliga a ver lo que otros prefieren no mirar. Es un gesto de insurrección frente a la rutina mental, una ruptura con las ideas heredadas. La historia está llena de ejemplos en los que el pensamiento crítico ha sido castigado: Sócrates condenado por corromper a la juventud; Giordano Bruno quemado por imaginar infinitos mundos; Galileo forzado a retractarse de sus observaciones.

Pensar, en esencia, es desafiar la obediencia, y por eso el poder —sea político, religioso o mediático— siempre ha temido a quienes lo hacen con demasiada profundidad.

En el tablero de la existencia, el ajedrez encarna ese mismo espíritu subversivo. Cada partida es una revolución en miniatura, un duelo entre la previsibilidad del sistema y la libertad del jugador. El ajedrez enseña a dudar, a cuestionar la autoridad de las jugadas pasadas, a rebelarse contra el dogma de lo obvio.

Así mismo, el jugador que se limita a repetir movimientos sin entenderlos es como el ciudadano que repite consignas sin pensarlas: obedece, pero no comprende. En cambio, quien se atreve a pensar una jugada nueva, a romper con la tradición, a desafiar la norma táctica, ejerce la más pura forma de libertad intelectual.

Durante siglos, el ajedrez ha sido tolerado y al mismo tiempo temido. En la Edad Media, algunos clérigos lo condenaban como distracción peligrosa; en regímenes totalitarios, se le observó con recelo, pues promovía el pensamiento estratégico, la independencia del juicio. En tiempos de censura, el tablero se convirtió en un espacio simbólico donde los hombres podían tramar con la mente lo que no se podía decir con la voz. Tal vez por eso Voltaire afirmaba que «el ajedrez es el juego más subversivo, porque enseña a pensar sin palabras».

El pensamiento ajedrecístico cultiva la duda metódica, el cálculo de consecuencias, la anticipación de los actos ajenos; cualidades que, fuera del tablero, resultan profundamente políticas. En la medida en que un individuo aprende a prever, a imaginar y a decidir por sí mismo, se convierte en una amenaza para cualquier poder que base su dominio en la obediencia. Por eso, jugar ajedrez no es solo un ejercicio de inteligencia, sino un gesto ético: implica asumir la responsabilidad de cada decisión, aceptar el error y buscar la verdad, aunque duela.

En un mundo saturado de información y carente de reflexión, pensar es una forma de resistencia. Y el ajedrez, con su silencio denso y su lógica implacable, es un refugio para esa resistencia. En tiempos donde las pantallas dictan lo que debemos creer y las redes imponen el ritmo del pensamiento, el tablero nos devuelve la pausa, la introspección, la lentitud del razonamiento profundo. Cada movimiento se convierte en una afirmación de autonomía frente a la velocidad y la distracción.

Así, la frase «pensar es peligroso; jugar ajedrez subversivo» sintetiza una verdad atemporal: que el pensamiento libre incomoda, y que el ajedrez —al enseñarnos a pensar con rigor, creatividad y propósito— nos hace menos manipulables. No hay tiranía que prospere donde se enseña a analizar, comparar y prever. Tal vez por eso, en cada escuela, en cada prisión, en cada rincón del mundo donde un niño mueve por primera vez un peón, se enciende una pequeña chispa de revolución.

El tablero, al fin y al cabo, es un campo de batalla de ideas. Jugar ajedrez es afirmar que el pensamiento no puede ser domesticado. En sus 64 casillas se libra, cada día, la más silenciosa de las rebeliones: la del ser humano que decide, pese a todo, seguir pensando.

En el epílogo de «Ajedrez y filosofía. El tablero como arquetipo del mundo interior», podemos leer:

…Porque, al final, el ajedrez es un acto de conciencia. El jugador piensa su pensamiento, se observa al decidir, se pregunta sobre lo que no ve, sobre lo que el otro imagina, sobre lo que aún no ha sido pensado. Jugar ajedrez es, en el fondo, filosofar sin palabras. Es examinar la realidad que uno mismo construye con cada elección. Es aprender que todo lo que uno hace tiene un precio, y que cada paso, incluso el más brillante, puede esconder una trampa invisible.

Blanco Hernández, U. 2025

Consideraciones finales

Lo que une estos distintos casos es la percepción del ajedrez como una forma de pensamiento libre, como acto de cálculo, anticipación, estrategia, duda. En contextos donde el poder requiere obediencia, conformismo o control mental, el ajedrez puede verse como una amenaza: pensar antes de moverse, prever al adversario, salirse de la rutina.

En todos los casos, las motivaciones no son simplemente «es un juego», sino «puede inducir apuestas, distracción, simulacro de guerra, independencia mental». Esto conecta directamente con nuestro enfoque de «pensar es peligroso; jugar ajedrez subversivo».

Ciertamente, en los casos citados, la prohibición no fue simplemente por el juego en sí, sino por lo que el juego simbolizaba para los poderes: libertad de pensamiento, capacidad de previsión, análisis individual, potencial para la subversión intelectual.

Como hemos visto, las razones esgrimidas —gambling, distracción religiosa, influencia extranjera, control cultural— son muy reveladoras. Muestran que el ajedrez es percibido por ciertos poderes como algo más que pasatiempo, como un tipo de espacio mental autónomo.

También se revela una tensión entre la prohibición como forma de control y la eventual aceptación (o resignificación) del ajedrez como herramienta educativa, cognitiva o simbólica de resistencia. Es decir: el poder puede primero prohibir, luego adaptar o liberalizar, pero el gesto del pensamiento permanece.

Desde una perspectiva educativa, estos ejemplos ilustran cómo el ajedrez no solo enseña aperturas o finales, sino que activa la autonomía mental. Cuando un sistema lo prohíbe, está reconociendo implícitamente su capacidad formativa y autónoma.

Es importante señalar que no hay muchos otros casos verificados de estados que prohibieran completamente el ajedrez en épocas recientes (siglos XX y XXI) de manera extensiva. Según una revisión: »Hoy en día no hay países en los que el ajedrez esté completamente prohibido».

Ahora bien, hay que distinguir entre prohibición legal estatal, suspensión oficial institucional y advertencia o fatwa religiosa: los tres tipos tienen efectos diferentes sobre la práctica real del ajedrez. En ocasiones no se trata de una prohibición permanente e irreversible, sino de suspensiones, restricciones o condicionamientos. Por ejemplo, en Irán la prohibición original fue revisada y el ajedrez volvió a estar permitido en la práctica.

En un sentido filosófico: los tres casos reflejan una tensión entre el orden impuesto (religioso, estatal, ideológico) y el orden libre del pensamiento que el ajedrez promueve. Si «pensar es peligroso; jugar al ajedrez subversivo», entonces prohibir el ajedrez es intentar contener ese peligro

Fuentes

Arendt, H. (1978). Life of the mind. Harcourt.

Binthaily, M. (2016, 22 de enero). Saudi Chess President: Religious Opposition Is No Checkmate. TIME.

Blanco Hernández, U. (2025). Ajedrez y filosofía. El tablero como arquetipo del mundo interior. Editorial Jaque Mate, México.

Blanco Hernández, U. (2020). Ajedrez, Patrimonio Cultural de la Humanidad. Amazon, versión Kindle.

Doggers, P. (2025, 13 de mayo). Taliban Suspends Chess in Afghanistan Over Gambling Concerns. Chess.com News.

Edmonds, D., & Eidinow, J. (2004). Bobby Fischer goes to war: How the Soviets lost the most extraordinary chess match of all time. Ecco/HarperCollins.

Gulko, B., Popov, V., Felshtinsky, Y., & Kortschnoi, V. (2010). The KGB plays chess: The Soviet secret police and the fight for the world chess crown. Russell Enterprises.

Rasskin-Gutman, D. (2009). Chess metaphors: Artificial intelligence and the human mind. MIT Press.

Shaheen, K. (2016, 21 de enero). Chess forbidden in Islam, rules Saudi mufti, but issue not black and white. The Guardian.


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Uvencio Blanco Hernández, Venezuela. Comisión Ajedrez y Educación FIDE. Escritor, Investigador, Conferencista, Árbitro Internacional, Organizador Internacional, Entrenador, Profesor de Ajedrez ECU y Lead School Instructor FIDE.
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